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Dos hermanos, Gasalla, Borges y puro marketing PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Rómulo Berruti   

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Daniel Burman es uno de los realizadores prestigiosos que tiene el cine argentino, pero tal vez haya entendido que sus tan disfrutables exploraciones en la colectividad judía y esa sobreimpesión entre su cine y   el actor Daniel Hendler debían terminar. Su saga Esperando al Mesías, El abrazo partido, Derecho familia y de algún modo El nido vacío dieron paso entonces a una producción más comercial, más vendedora. 

El lanzamiento a todo trapo y las críticas laudatorias garantizaron ese marketing. Dos hermanos –donde adapta con el autor una novela de Diego Dubcovsky- es una historia puesta al servicio de Graciela Borges y Antonio Gasalla.
Se han quedado solos luego de la muerte de su madre y sin esa coartada de amor filial, caerán las máscaras. Maniquea hasta el borde de lo no creíble, la relación muestra una mujer malísima, perversa, que vive con angustia el paso del tiempo y la falta de pareja, una especie de Lady Macbeth del universo inmobiliario cuyo goce mayor es torturar a su hermano, un jubilado tímido y asustadizo que hace artesanías en plata, un satélite por naturaleza que ahora, sin mamá, orbitará en torno de la chirriante Susana. Con serios tropiezos y muchas reiteraciones, el guión los lleva y trae desde una vieja casona en un pueblito de Uruguay a la ciudad de Buenos Aires donde “la bruja” hace sus negocios, todos más inescrupulosos que inteligentes. El dibujo con que se diseña esta trama de afectos es en exceso esquemático, falta profundidad y sobran en cambio datos de por sí demasiados obvios, sobre todo en el protagónico femenino cuya conducta antisocial se acentúa sin la menor sutileza.

 

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Como cabe suponer desde el principio, el abismo se cierra, ella se dulcifica y consigue compañero, él, homosexual larvado, encuentra novio en un curso de teatro de la otra orilla. Forzada en su anécdota y sin ritmo en la narración, la película delata un Burman incómodo, lejos de los mundos y conductas que le interesa reflejar.
Y con un déficit decisivo, la falta de verdadera calidez y ternura cuya existencia hubiera alcanzado –folletín más, folletín menos- la meta principal de un relato que no disimula su adscripción al cine de género y a veces, al golpe bajo. La sabiduría profesional de sus dos figuras mantiene el producto en pie a duras penas, pero queda claro que sin Graciela Borges y Antonio Gasalla –éste en su primer verdadero protagónico para la pantalla nacional- Dos hermanos no tendria la menor razón de ser. El público de todos modos celebra dos o tres situaciones de teleteatro que dan con justeza en el blanco y en la función que vimos varias señoras aplaudieron al final. Emociona ver a Elena Lucena, a sus 95, de nuevo en pantalla: muere enseguida para que funcione el macanismo, pero a no preocuparse, tiene una hermana gemela que le permite aparecer dos veces. 
Daniel Burman, director sensible y observador fino, retrocede aquí hacia los recursos más gastados y menos nobles de su colega Marcos Carnevale, los que exhibió en la indigesta Tocar el cielo.

 

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