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Con otro 14 de febrero transcurrió el día de San Valentín. En una época la fecha representaba al Santo homónimo. Uno con determinadas características como para hacer enamorar a la gente. Con el tiempo, y consolidación del capitalismo mediante, San Valentín se transformó en el Día de los Enamorados, y en una excusa más para consumir y gastar en pareja. Así se venden desde paquetes para pasar un fin de semana en un hotel con todo incluido, hasta cenas que, por tratarse de un día especial, salen más caras que el resto del año. |
Aún así el amor, existe. Y afortunadamente sigue siendo una manera de relacionarse entre los seres humanos. Ahora bien, éste no debería ser entendido solo como pulsión genital, como el deseo de querer estar y compartir todo con el otro. Se puede amar a los animales, a los extraños…. Separar la basura reciclable y entregársela en la mano al mal llamado “cartonero”, podría transformarse en un acto de amor hacia esa persona, y el planeta.
Por supuesto, el cine no ha sigo ajeno a estas modalidades y a lo largo de los años nos ha deleitado, amargado o movilizado con distintas historias de amor. Son tantas, que se podría reescribir la historia del cine a partir de ellas. Incluso, se podrían armar listas de películas de amor, y quizás se formarían nuevos cánones cinéfilos. Pues las películas de amor van más allá de las mentadas románticas. Un film como Au Hasard Balthazar (Bresson), es una de las mejores historias de amor jamás contadas, y su protagonista es un asno. Al igual que La historia del camello que llora (Byambasuren Davaa) protagonizada, también, por un camello.

Sin embargo, no estamos entrando en un trance zoológico. Los ejemplos nos sirven para introducir una idea: En los últimos años la Gran Industria (Hollywood) no ha sido ajena al, por llamarlo de alguna, boom de El día de los Enamorados, y aprendió a sacar provecho de esa situación, y su contratara: la ausencia de amor. ¿Cómo? Con productos, porque no se los puede llamar de otra manera, como el estrenado el jueves pasado en la cartelera porteña. Si es que todavía hay dudas nos referimos a Día de los Enamorados.
Aquí trabajan actores en ascenso junto a estrellas consagradas bajo la dirección del mismo realizador de Mujer Bonita: Garry Marshall. Ésta responde a una forma de producir, digamos, actual: Un puñado de escenas que tienen su propia autonomía, que por momentos parecen más video clips en un mismo pack que una verdadera película. Es más, se ha dicho en una nota de prensa de un importante diario local (de esas que hacen algunos periodistas a cambio de un viaje e invitados por la distribuidora o productora) que por temas de agenda los actores taquilleros convocados solo podían trabajar una semana en el proyecto. De allí que muchos de ellos no se crucen en la pantalla…

Si los cinéfilos de antaño se ofuscaban cuando un productor convocaba a directores laureados para hacer películas en distintos episodios, pero con un tema común (Rogopag, Historias de Nueva York) imagínense qué pensarían si vieran cosas así. Este tipo de nuevos trabajos no son, ni siquiera, genéricos.
Si antaño el género (por ejemplo la comedia romántica) estructuraba ciertas situaciones y podía determinar el final (feliz la mayoría de las veces), también era cierto que, dependiendo de la maestría de los directores, podían crearse nuevas situaciones. Y auténticas obras maestras. El género definido por el filósofo Stanley Cavell como la comedia de enredo matrimonial así lo atestigua.
Por el contrario, estos productos actuales no se proponen hacer una diferencia. Sin embargo, parecen ser el nuevo prototipo de producción. Nine (Rob Marshall) lo sigue: Un puñado de actrices ganadoras del Oscar, difícilmente juntas en la misma escena, e intérpretes de una sucesión de video clips. Desde ya, aquí más justificados pues se trata de un musical. Otro ejemplo del estilo podría ser la estrenada el año pasado Simplemente no te quiere (Ken Kwapis). Aunque ésta es un poco más sustanciosa sigue el modelo descripto: Actrices y actores taquilleros (desde Drew Barrymore a Scarlett Johansson), una historia coral (que mejor sería llamar de escenas que se cruzan, incluso forzadamente) y conflictos de amor y desamor, algunos trillados.

Con todo, el cine ha sido y es un canal especial para contar historias de amor. Hubo una época, y hay directores que así lo siguen entendiendo, en la cual el amor y su contratara: el desamor, era el tema de sus obras, más allá de los géneros y su potencial vendible. Los años ’60, ‘70 fueron, quizás, los más expansivos en torno al tratamiento del tópico. O, mejor dicho, fue en esos años donde películas que abordaron el tema entraron en las listas cinematográficas de los críticos de entonces: Sin Aliento, La Mamain et la Putain, Jules et Jim (y toda la saga de Antoine Donnell), Un verano con Mónika, Maridos, y otras de Cassavetes, los trabajos de Rohmer, de Rivette son películas de amor, pero que gozan del prestigio de ser, además, obras fundamentales para la historia del cine.
A diferencia de las mencionadas comedias de los años ’30 en Hollywood que también trataron el tópico, pero no ingresaron a ningún panteón. Esto señala una paradoja: Si bien fue en Hollywood donde se creó el género de la comedia romántica, solo excepcionalmente éstas aparecen en las listas de las mejores del siglo.
Ahora bien, más allá de las listas ¿cuál sería una historia de amor cinematográfica emblemática? Se nos viene a la memoria Luces de la ciudad de Chaplin. Recordemos su argumento: Un vagabundo es confundido con un millonario por una vendedora de rosas ambulante ciega. El vagabundo está tan enamorado de ella que, a través de un artilugio de la historia, logra entregarle un dinero para que se opere la vista. La mujer lo hace, y puede poner su propio negocio de flores mientras él cumple condena por, supuestamente, haber robado ese dinero. Al salir, Carlitos camina por la calle, solo, sucio, hambriento. Es, incluso, burlado por unos jóvenes. De repente ve a la vendedora, la redescubre. Ella en principio hace una humorada por su presencia en la vidriera hasta que sale y comprende, y nunca la palabra estuvo mejor empleada, que él es él. Es decir, el que ella creía un millonario es un vagabundo. Él le pregunta: “¿Ahora podés ver?” Y la película termina.
La respuesta no tiene importancia para el maestro Chaplin. Lo que busca es describir cómo en un momento, el enamoramiento se sostiene por un engaño, una ilusión. El amor es mucho más que eso. Es, como lo muestra la película, un encuentro con lo real, con eso del otro que puede ser, al mismo tiempo, un sueño y/o una pesadilla. O un poco de las dos cosas como lo sugiere este film.
Por supuesto, esta reflexión no pretende ser exhaustiva. Han quedado en el camino películas que seguramente serán recordadas por aquellos que hayan llegado hasta este punto. Está bien que así sea. Cada uno debería tener su lista de películas de amor preferidas. La mía cambia con los años. Incluso hay películas que en determinado momento no comprendí, pero que he vuelto ha ver y han resultado un epifanía. Hay otras películas de amor que uno ve a lo largo de toda la vida. Es que lo maravilloso del cine fue, y es, ser el lugar donde explicar un poco más al mundo, y a los que los habitamos
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