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El cáncer se había ensañado con él desde hacía varios años pero no pudo doblegarlo, incluso en el final. Porque Tomás Eloy Martínez continuó escribiendo con esfuerzo y pasión irrenunciable enfrentando palmo a palmo esa batalla que, aunque estaba perdida de antemano, sorteó con el genio de quien lega en cada uno de sus magistrales textos, una nueva visión sobre el devenir del hombre. Fue un escritor que supo combinar la crónica y la invención histórica, un gran conferencista y periodista de alma. También un descollante crítico cinematográfico. |
La muerte de Tomás Eloy Martínez duele pero no sorprende. Quienes lo conocían de años sabían que luchaba en silencio contra un cáncer terminal al que logró detener durante mucho tiempo. En esa guerra silenciosa contra lo ajeno de sí mismo, dueño de una pasión por la palabra irrenunciable, nunca dejó de escribir y continuó haciéndolo casi hasta sus últimos días.
Porque esa era la vida de Tomás Eloy Martínez, aquella que se respiraba en las redacciones, se olía en las imprentas y se plasmaba en el papel, al que Tomás le brindó su elegante y reveladora escritura. Había nacido en Tucumán en 1934, tierra que combinó a escritores/periodistas que incluso -tempranamente- jugaron con los recodos de la historia, sin tergiversarla. Allí está sino, en el cerro San Javier, la inmortal presencia de Pablo Rojas Paz que combinó como Tomás Eloy, el periodismo con el gusto por la novela histórica. Tenía tan solo 17 años cuando ingresó como redactor a La Gaceta de Tucumán, diario de larga data y aquilatado prestigio donde se desempeñó entre 1954 y 1956.

Pero Tomás Eloy Martínez descollaría a partir de su presencia en el Diario La Nación, al que ingresó en 1957 y del cual llegó pronto a ser responsable de la sección cine. Con Rolando Riviére y Ernesto Schoó, Tomás Eloy abrió la puerta al entonces difícil cine europeo, ese que ofrecia mucha Nouvelle Vague y bastante provocación, considerando el gusto meridional de la época. Casi un lustro duró esa alquimia que Tomás Eloy Martínez forjó con sus lectores, permitiéndose cambiar un horizonte donde el cine norteamericano y sus estrellas eran las protagonistas, para serlo sus directores y las largas colas frente al cine Lorraine pese a las constantes presiones de los grandes sellos de Hollywood. En aquél entonces ingresó en la Asociación de Cronistas Cinematográficos, que observaba miembros de prestigio como José Agustín Mahieu, Raimundo Calcagno, Rolando Fustiñana y Edmundo Eichelbaum y de la que formó parte de su Consejo Directivo. Esa misma entidad le entregó en 2008 su máxima distinción, el Cóndor de Plata a la trayectoria, y en su discurso, Tomas Eloy agradeció a aquellos pioneros: "En verdad, lo que quiero evocar son unos pocos nombres de aquél tiempo, de los que fueron mis maestros: Raimundo Calcagno (Calki), Rolando Fustiñana (Roland), fundador de la Cinemateca Argentina y del Club Gente de Cine, quienes me encomendaron que en vez de leer cualquier tipo de críticas me dedicase a leer... yo gastaba todo mi salario en comprar Cahiers du Cinéma, Sight & Sound, Bianco e Nero la revista de Guido Aristarco, y aprendí muchísimo... pero de quien más aprendí es de aquél que me recomendaron Roland y Calki cuando me dijeron: "tenés que leer a Homero Alsina Thevenet". Y fue a Homero en quien abrevé, a quién leí cuando escribí mis primeras críticas para La Nación de Buenos Aires. Los diarios uruguayos llegaban a las tres de la tarde a un kiosco de la esquina de Corrientes y Maipú, y se agotaban a eso de las tres y media. Nunca olvidaré el estado de absoluto deslumbramiento con que me acerqué al primero de los textos que Homero firmaba invariablemente con sus iniciales, HAT, sombrero en inglés. Era una presentación breve de La signora senza camelie, la película que Michelangelo Antonioni había dirigido en 1953 y que aún no se conocía en Buenos Aires. En cada línea había un dato, una ubicación de la obra en el contexto del nuevo cine italiano y un análisis minucioso de sus aportes visuales y dramáticos. Nunca aprendí tanto, en un artículo tan breve como en ese de Homero Alsina y pocas veces en la vida se me volvió tan transparente el horizonte de lo que yo ignoraba. " declaró. Hacia 1959 dictaba cursos sobre crítica y guión en la Galería Antígona y desde 1961 fue profesor de Teoría General del cine en la Escuela de Cinematografía de la Universidad de La Plata. A fines de ese año la Dirección Nacional de Cultura editó su ensayo La obra de Ayala y Torre Nilsson, y también publicó ensayos parciales y artículos sobre el nuevo cine argentino en Lyra, Cinecrítica, Apuntes cinematográficos y La Cultura en México. Fue Jurado de la Critica en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

Por aquellos años sus reflexiones también se publicaban en Tiempo de Cine, la revista fundada por Mahieu, Salvador Sammaritano y Héctor Vena que, con los años, sería considerada como la mejor revista sobre cine editada en la Argentina. Allí, en un número de 1961, Tomás Eloy Martínez reflexionaba sobre "Ciro, Rocco y Simone", ante la proyección de Rocco y sus hermanos: "Si hay algún personaje a quien Visconti ama en Rocco... es a Rocco mismo. Lo ha concebido (y creo que él mismo lo ha dicho) un poco sobre el modelo del príncipe Mishkin dostoievkiano, sobre algunos campesinos de Tolstoy; esto es, ha transformado la bondad justa de Cristo -una bondad en acción-, en una bondad injusta, en una bondad en innacción. Su piedad puede ser funesta; lo es, en definitiva. Pero Visconti sabe que toda piedad conmueve, que hasta él mismo está conmovido por esa piedad. ¿A que viene entonces el equívoco de dar al film el nombre de Rocco sino a la presencia de una adhesión sentimental? Ciro y Rocco, ejemplifican de alguna manera la batalla que envuelve al propio Visconti: una batalla entre su mundo ideológico y su mundo de educación y formación, entre su mundo adquirido y su mundo congénito."
Su trayectoria luego abarcó, dentro del periodismo, diversas disciplinas. Su labor como escritor se entroncó en lo más rico de la tradición latinoamericana y, en el ámbito del cine, luego de la crítica, la labor de libretista tampoco le fue ajena en cortos de Rodolfo Kuhn (El amor elige, 1960) y R. Tamayo (Bazán, 1961), y para largometrajes de Daniel Cherniavsky, Rene Mugica y Lucas Demare. Dentro de este universo se destaca la realización La casa del agua, del cineasta venezolano Jacobo Penzo, que integró la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes y retrata la vida y muerte del poeta Cruz Salmerón Acosta en la Venezuela de los años '20 durante la larga tiranía del general Juan Vicente Gómez (1908-1935), y cuyo guión fue escrito por Tomás Eloy Martínez.
"Tengamos confianza como teníamos en los sesenta, de que tenemos un gran cine por delante" señalaba al recibir el premio Cóndor hace dos años, para agregar: "Tenemos una inmensa inteligencia, un inmenso talento creador, y es eso lo que debemos alimentar a partir de la reflexión, del rigor, del apoyo que desde el periodismo y la creación podemos darle. Gracias una vez más."
Hoy, como ayer, sus lectores agradecen su decidido afán por la palabra y su inquebrantable y comprometida escritura.
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