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Citar a Marlon Brando como uno de los actores más impactantes de toda la historia del cine seguramente resulte una obviedad. También, su famosa personalidad conflictiva en los sets de filmación y su carrera plagada de grandes triunfos y abruptas caídas. Una entrevista realizada por Lawrence Grobel para la revista Playboy en 1979 presenta a un Brando olvidado por muchos, incluso por él mismo. |
Poco más de cien de las doscientas seis páginas que componen Brando por sí mismo son la entrevista que el periodista Lawrence Grobel le hiciera al célebre actor de El padrino en su casa-isla a 42 kilómetros de Tahití. El resto se compone de las arduas y largas negociaciones previas para obtener tal exclusiva y de las impresiones de Grobel al acceder al mundo privado de un actor que se distinguió del resto por cuidar celosamente su vida privada, al punto de defenderla con los puños. Antes de ésta, el gran Truman Capote había hecho su aproximación al más grande vástago del Actor’s Studio en 1956, durante el rodaje de Sayonara en Japón. Brando había nacido en Omaha (Nebraska) el 3 de Abril de 1924, su padre era vendedor de productos químicos y su madre una actriz semiprofesional adicta al alcohol. Su infancia muy probablemente condicionaría su modo de relacionarse con la familia y las mujeres, situaciones que marcarían una vida hogareña tumultuosa hasta casi el momento de su muerte, acaecida a los 80 años el 1º de Junio de 2004. Muchos antes, incluso previamente a convertirse en el super-astro de películas como Un tranvía llamado deseo, Viva Zapata!, Julio César o Último tango en París, el joven actor fue señalado por la recordada crítica Pauline Kael, al integrar una pieza teatral de ningún suceso llamada Truckline Café, como todo un acierto: “Miré hacia arriba y pensé que lo que veía era un actor que sufría un ataque en escena”. Después repararía Kael que Brando estaba actuando. Pero claro, no lo hacía como ningún otro.

Lawrence Grobel anota en el segundo capítulo del libro los diez días que pasó en la casa tahitiana de Marlon Brando. También los comentarios del actor, que luego serán expandidos en la entrevista siguiente, sobre problemas sociales y económicos haciendo hincapié de manera obsesiva en su lucha por las reivindicaciones de los indígenas norteamericanos. Extrañamente verborrágico, chispeante y siempre provocativo, el autor obtiene un perfil de Marlon Brando tan olvidado que brinda al lector una ambigua sensación entre el reencuentro y el descubrimiento. Enemistado con la utilización que el periodismo hizo de su figura, Brando cree que lo que motiva ese escarceo del público es la curiosidad. “la curiosidad es algo rápido y superficial, el interés significa que tienes un ensimismamiento duradero con algo, que estás metido realmente en ello”. Diría. Bien vale anotar algunas de sus reflexiones: “Si has hecho una película de éxito, entonces te saludan, en algunos lugares, con un despliegue completo de los treinta y dos dientes, y si estas algo apagado te dicen: ‘¿Todavía hace películas?’ (…) la gente se interesa por gente que tiene éxito.”, “En lo más recóndito de su corazón, usted sabe perfectamente bien que las estrellas cinematográficas no son artistas”, sus declaraciones provocativas: “Era un hombre malvado, Chaplin. Sádico”. “Bob Hope iría a la inauguración de una cabina telefónica en una gasolinera de Anaheim, con tal de que allí hubiera una cámara y tres personas”, y no omite dedicar graves sentencias a John Ford, John Wayne, Gillo Pontecorvo y Martin Scorsese, en algunos casos con genuina indignación y en otras como enorme provocación. Los últimos capítulos se detienen en su vuelta a los sets en películas olvidables, sus conversaciones con Grobel y el penoso proceso judicial que vivieron los hijos de Marlon Brando en los últimos años de vida de éste.
Pero el libro permite descubrir sus angustias y temores, su trabajo para la UNICEF y su lucha por las reivindicaciones sociales en los Estados Unidos, principalmente en lo que respecta al derecho de las minorías. Incluso, y de manera bastante anticipada, su mirada escéptica sobre el mundo de los medios audiovisuales, donde desde luego está inserto el cine: “Pienso que las estrellas cinematográficas son… para una década. Pregunte ahora a los chicos jóvenes quien era Humphrey Bogart o Clark Gable”. Por fortuna, esos jóvenes –que incluso llevan su rostro salvaje en las remeras- pueden seguir diciendo, quien era Marlon Brando aunque el libro lo aparte del molde sin destruir al mito.

Brando por sí mismo Por Lawrence Grobel Ediciones Robinbook, 2008, 206 páginas.
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