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El movimiento de personas, usos y costumbres en los últimos años hizo que la literatura retomara una figura que no le era ajena: La del extranjero. Tanto Wei Hui en Shangai Baby como Amelie Nothomb en Ni de Eva, ni de Adán (por dar dos ejemplos bien conocidos) describieron en esos relatos, con sus respectivos estilos, la tensión latente en el encuentro entre personas de distintas culturas. La última obra de la brillante directora japonesa Naomi Kawase, también indaga en la misma senda. |
A su manera, el cine no fue ajeno a la figura del extranjero. Algunos años atrás la polémica Perdidos en Tokio de Sofía Coppola y la mítica Felices Juntos de Wong Kar–wai, por citar dos, indagaron en la manera de relacionarse entre dos polos culturales: Oriente y Occidente. En la primera, recordemos, al situar la acción en Japón, pero con actores norteamericanos. En la segunda trasladando a los protagonistas oriundos de Hong Kong a una taciturna Buenos Aires. Por supuesto, los escenarios eran diferentes y no solo porque se trataba de países distintos: Mientras Coppola mostraba un universo glamoroso, Kar- wai retrataba el arrabal y sus alrededores. Sin embargo, algo unía a estas películas dispares: El hecho de mostrar cómo en la interacción entre estos personajes y esos espacios, había ciertas fuerzas que se ponían en juego, una energía que hacía que el movimiento propio de los lugares (con sus interacciones mecánicas y humanas) afectara a sus protagonistas. De allí que, más allá de la anécdota que cuentan - una relación difícil de precisar entre un hombre maduro y una mujer joven, y los encuentros y desencuentros entre una pareja de hombres -, ambas podían ser pensadas como alegorías de un estado de situación del mundo. (1).
Nanayo de Naomi Kawase es también una película que indaga en el encuentro entre culturas, pero en este caso el diálogo no es entre Occidente y Oriente sino entre países orientales: Japón y Tailandia. Sin embargo, avanzada la proyección vamos comprendiendo que ese supuesto choque de idiosincrasias es la excusa para volver a reflexionar sobre la existencia. Y aunque Nanayo pueda parecer menor en comparación con otros films de la brillante directora japonesa, no por eso es menos importante. Aparentemente Saiko llega a Tailandia de vacaciones. Como buscando un guiño cómplice de la platea, nuestra protagonista carga una valija demasiado grande para su tamaño, y difícil de maniobrar, pero se las ingenia para subir a un taxi. Dentro del vehículo le indica al conductor un hotel y éste parece entenderla. De repente, Saiko y éste entablan una fuerte discusión verbal y física hasta que un hombre francés interviene y traslada a nuestra protagonista a una casa adentrada en el bosque. Allí su propietaria, una señora tailandesa, practica masajes mientras prepara a su hijo para una vida monacal. Dicho así, nada distinguiría la trama de esta película de cualquier comienzo de un film de terror (la mujer que ha viajado sola seguramente experimentó la fantasía del rapto en medio de la nada), pero Kawase se las ingenia para hacer aquí otra de sus meditaciones sobre la existencia, otra de sus disquisiciones a propósito de la relación entre naturaleza y cultura De hecho, la irresolución del hecho que conduce a Saiko a la casa (nunca se termina de esclarecer si realmente el conductor quiso agredirla o si fue un malentendido) nos invita a dejarnos llevar por las distintas situaciones antes que a focalizarnos en tratar de comprender una historia con sus respectivos núcleos narrativos y resoluciones. Incluso parece absurdo tratar de describir el film. En todo caso, es más una sucesión de acontecimientos donde los personajes (Saiko, el francés, el conductor, la madre y su hijo) se relacionan e interactúan en el espacio de la casa (¿hotel?). Por supuesto, pinta dos temperamentos (para algunos la de la soberbia japonesa y para otros de la sumisión tailandesa), pero esos arquetipos quedan pronto en el camino. Si bien la película retoma temas explorados por Kawase en otros trabajos (como la fiesta folclórica), profundiza en la exploración de un lugar y la interacción de éste con determinados sujetos más allá de las nacionalidades. Esto se constata cuando adentrándonos en el desenlace todos los personajes muestran sus fortalezas y debilidades y terminan siendo malvados con el otro, como si todos tuvieran algo de bueno, y de malo, en su interior. El final de la película termina de diluir las apariencias y las identidades: Un travelling sobre una lancha que costea un bosque nos devuelve la orfandad de nuestra mirada; y a nuestros personajes… el anonimato.
(1) Por ejemplo, los espacios transitorios de Felices Juntos (bares, pensiones, rutas) pueden ser interpretados como la expresión de un momento particular de Hong Kong: 1997, año en que Kar wai estrenó la película, es también el del traspaso de la conducción socio política de la isla de Gran Bretaña a China.
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