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Confesémoslo: uno sabe qué busca cuando entra a ver Cuestión de principios. No pretendemos gran vuelo estético ni un ritmo que acelere el corazón. No queremos una trama que nos complique la existencia, más bien todo lo contrario: frente a estas películas necesitamos que el hombre común triunfe, que nos mientan un poco, que nos digan que la dignidad todavía puede ser narrada. |
Si no quedaran sobre la tierra señores que marquen la diferencia como Adalberto Castilla (Federico Luppi), esa mancha blanca sobre la monotonía de la corrupción, ya nadie contaría estas historias. Porque no habría conflicto entre las llamadas “motivaciones dramáticas”: todos los personajes serían malos, obsecuentes, pusilánimes, vendidos, arbitrarios. En Luppi buscamos a un cómplice, a alguien que nos tire alguna certeza, de la misma manera que su personaje recurre a un amigo de la juventud para no sentirse tan solo en medio de la perfidia reinante.

Pero se equivoca. El otrora revolucionario Guido (Oscar Alegre) ahora viste camisa salmón, luce pulsera de oro y bebe un whisky mientras increpa: “¿De qué te sirven los principios? ¿Pensás que a alguien le importa?”. Aunque el dilema no es nuevo, es interesante observar cómo el relato hace que el ideal del viejo Castilla se vaya disipando hasta perder relevancia, a puro azote de los otros ideales, menos románticos pero más prácticos y redituables. Que la disputa entre Luppi y su jefe (Pablo Echarri) gire en torno de una simple revista sirve para remarcar lo simbólico del asunto: más allá del objeto en sí mismo, esto es una pulseada entre la integridad moral y la soberbia del poder.
Un discreto celofán costumbrista envuelve este guión escrito por el realizador Rodrigo Grande junto a Roberto Fontanarrosa, autor del cuento original, cuya impronta brilla principalmente en los diálogos que nutren la película, diálogos en donde el protagonista muchas veces intenta justificarse a sí mismo ante los demás. Fontanarrosa sugiere que solamente somos en la medida en que nos narramos frente a los otros, una idea compleja y central en esta historia: Castilla no sería nada sin la anécdota. Si tuvo una conducta admirable, no le alcanza con guardársela y seguir viviendo. Él muere por contarla, ponerla en escena, colorearla y exagerarla ante familiares y colegas. Tal vez no existan los mentados “principios” y todo lo que queda es una búsqueda desesperada de cariño.

Es una lástima que en su último tramo la película no consiga montar una resolución convincente del conflicto, así como resulta incómodo el trazo grueso que el director propina a la esposa del protagonista, interpretada por Norma Aleandro. Tanto el escepticismo relativista como la misoginia son dos lastres infaltables en cierta forma de concebir la “argentinidad”.
Por fortuna, siempre habrá un Federico Luppi. Esos ojos cansados y enojados que de un minuto a otro pueden explotar de ternura. Hay una imagen que vale la película toda: cuando Luppi se mira en el espejo del ascensor, tratando de imitar la sonrisa de Sean Connery porque una joven y bella colega le ha dicho al viejo Castilla que tiene un aire al actor de James Bond. Esa es la argentinidad que engalana. Un momento de cine puro que no puede comprarse con nada.
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