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Si algo no puede discutírsele a Pedro Almodóvar es el rutilante sitial de “director estrella”, reservado por la industria del cine desde su temprana Mujeres al borde de un ataque de nervios. Lugar que, por otra parte, tanto empeño puso en alcanzar. Pedro, así a secas como lo gritó Penélope Cruz al darle el Oscar por Todo sobre mi madre, es la rara avis que combina popularidad y talento artístico como sus admirados Federico Fellini, Luis Buñuel o Alfred Hitchcock lo hicieron, y se permite con cada película abrazar a esas musas tan eternas como lejanas del séptimo arte. |
Ahora, con Los abrazos rotos -que acaba de estrenarse en Buenos Aires- se propone un arriesgado juego sobre, precisamente, el rol del director, las variables de la creación artística y todo el universo del cine enmarcado en una revisión del timing de su rutilante producción de los años 80, aunque con la melancolía de aquello que se sabe en un tiempo ido. Ésta, su decimoséptima película, combina una historia de amor con innegables tonos de filme noir y una foto que, de real, pasó a ser imaginaria y fruto de un dramático y emocional relato. La instantánea devuelve la imagen de una pareja tan fundida en un abrazo como anónima, en el Golfo de Lanzarote, retratada por Almodóvar en un paseo costero hace una década. También esa foto fue el germen para la confección de un guión sobre un escritor y cineasta ciego (Lluís Homar) que, a causa de un accidente de tránsito, no sólo perdió la vista sino también a la mujer que amaba. Ella (Penélope Cruz) era una aspirante a actriz con una turbia historia personal, que deparará innegables aristas donde el poder, la posesión y el bienestar se entrecruzan con la infelicidad. Así vivía Lena, brindando su mejor sonrisa y una cotidiana actuación puertas adentro. “El paisaje era impresionante pero lo que me impactó fue el descubrimiento de la pareja abrazada y sola, diminuta frente a la inmensidad del paisaje”, señaló Almodóvar en el momento de presentar internacionalmente su película, para agregar: “Por deformación profesional, (pensando tal vez en la foto del parque londinense de Blow Up, cuya ampliación develaba un cadáver oculto en unos arbustos) imaginé que aquel abrazo furtivo escondía un secreto y que yo tenía la prueba fotográfica de ello”. Los abrazos rotos es un homenaje al mundo del cine, que viene acrecentándose en las emociones del manchego a partir de La mala educación. Desde las escaleras que fueron determinantes para el glamoroso cine de estudios de los años 40 o la música que, otra vez de la mano de Alberto Iglesias, revisita el estilo de las partituras que el legendario Bernard Herrmann componía para Hitchcock. Así, la película obtiene su marco preferencial dentro del cine negro también gracias a su poderosa fotografía. A su vez, ese clima “hitchcockiano” recuerda por momentos a Vértigo, con la subyugante Kim Novak a quien Jimmy Stewart seguía y observaba siempre a través de espejos, ventanas, puertas y retratos de otro tiempo. La bella era Madeleine pero podía ser otra, gracias a esa distancia que la enmarcaba tan real como imaginaria.

Almodóvar, amante del cine clásico, también se permite jugar con el poder de fascinación de la imagen y con la alteridad. Mateo Blanco pasó a llamarse Harry Caine cuando el fatal accidente lo introdujo por siempre en las sombras de la ceguera. Sólo quedan en su universo los guiones que escribe o las películas que pueden ser contadas por terceros. Pero lo que Mateo/Harry desconoce es que su mal acabada película Chicas y maletas tiene un insospechado making off que desnuda no la labor de producción sino su acercamiento, y posterior amor, con Lena (una Penélope Cruz con mucho de Audrey Hepburn). Ella está casada con un poderoso empresario que financia el proyecto y es descubierta en sus verdaderas pasiones gracias a esas cintas de video. De aquí en más la humillación y el dolor harán lo propio, y todo será narrado mediante flashbacks que van y vienen, y que permiten -como el filme en cuestión que están rodando los protagonistas- que todo eso sea transformado gracias al montaje y al distanciamiento de la cámara. El espectador se asoma a la historia de manera fragmentada, con una mirada voyeur que aquí sirve como base para situaciones que ubican a las calles y bares de Madrid en un insospechado mundo de suspense. “Siempre he soñado hacer una película cuya historia se viera a través del making off. Los making off -advierte el realizador- no sólo nos revelan secretos técnicos, sino también los secretos de las personas que se encargan de cocinar y articular la ficción, y a veces de encarnarla. El making off convierte en ficción a los artífices de la ficción”.
Pedro Almodóvar concreta con Los abrazos rotos su película más compleja, llena de inevitables citas cinéfilas que van desde Ascensor para el cadalso con Jeanne Moreau a Viaje a Italia de Roberto Rossellini, y que incluyen otras mucho menos evidentes pero igual de gratificantes. De hecho su Chicas y maletas, que es la obsesión de todos en Los abrazos rotos, refiere al ambiente de Mujeres al bode de un ataque de nervios, cuando todo podía hacerse y experimentarse. Pero con la gran lección de que, aun en el éxito como en el fracaso, no es tan importante el final sino el camino recorrido. Y de eso Almodóvar y sus chicas saben de sobra.
Publicado en la Revista Debate en su edición del sábado 3 de Octubre de 2009 www.revistadebate.com.ar
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