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Las flores del cerezo: después de ti, hay nada. PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Lorena Cancela   

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La realizadora alemana Doris Dörrie no es una desconocida para los espectadores locales. En la Argentina se estrenaron un puñado de sus películas, aunque seguramente sea ¿Soy Linda? (1998) una de las más recordadas. Esto para aclarar que la recientemente estrenada Las flores del cerezo (2008) no es, como dijo una comentarista de espectáculos de uno de los canales de aire más vistos del país, la tercera película de la directora alemana. 

En todo caso, es la tercera película que Doris filma en Japón, de una filmografía que supera la veintena. Y si bien no es una autobiografía, hay muchos elementos que remiten a su propia vida: Su esposo, el director de fotografía Helge Weindler, falleció súbitamente mientras estaban trabajando.
Pero en vez de referirse a la anécdota personal y ubicar la escena en un set de flmación, Doris crea dos personajes (un empleado de una empresa recicladora de residuos) y su esposa (ama de casa), y los enfrenta a la difícil tarea de tratar de comprender cómo será la vida sin el otro. Pues al igual que la mayoría de las parejas Rudi y Trudi (los sorprendentes Elmar Wepper y Hannelore Eslner) construyeron su vida en común a través de un olvido: Que un día el otro no va a estar más a su lado.
Antes de continuar con la película hagamos una salvedad: El tema siempre ha sido difícil y duro de enfrentar aunque sea en la pantalla grande. Sin embargo, el cine en general, Hollywood en particular, inventó artilugios para referirse a ese dolor para que en el desenlace los espectadores nos quedemos, de alguna manera, aliviados. Si no rememoremos las películas donde se escenifican los últimos días de un personaje que padece una enfermedad terminal: El final (la partida) a veces termina resultando hasta un consuelo para algunos de nosotros e, incluso, para el resto de los personajes: Al menos su cuerpo dejará de sufrir. Pues bien, la realizadora alemana eligió el camino contrario. En vez de espectacularizar el momento previo a una partida, trabajó sobre el vació del día después.

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Inspirada en el cineasta Yazujiro Ozu, fundamentalmente en su película Una historia en Tokio, la trama de Las flores del cerezo es sencilla: Por un dato que no revelaremos aquí, el matrimonio de Rudi y Trudi decide viajar a visitar a sus hijos, en este caso a Berlín. Allí se encuentran con que eso de “tus hijos no son tus hijos. Son hijos e hijas de la vida”. O del capitalismo más feroz, era cierto. Sin tiempo, llenos de tareas y rituales absurdos, estos hijos están tan presos de ese mundo que terminan tratando a sus padres como si fueran dos extraños, o peor. De pronto, un giro en la historia virará el curso del relato y Rudi iniciará un viaje a Japón, concretamente a la casa de su hijo en Tokio.
En Tokio la relación con su hijo, un expatriado que confiesa que escapó del amor de su madre, será igual de tensa que con los que se quedaron en Alemania, hasta que Rudi se encuentra con Yu, una señorita practicante de Butoh.
Esta danza, originaria del Japón de la posguerra, no posee, a diferencia de la danza clásica tradicional, una codificación de los pasos, ni los gestos, ni las coreografías pues se sustenta en la improvisación, y en la posibilidad que el cuerpo se exprese y no que exprese. Es decir, aquí el cuerpo no es el medio para decir algo (la historia de Romeo y Julieta o El Cascanueces), sino que el cuerpo (sin marca, sin una identidad a priori, de allí la siempre presencia de la pintura blanca en los rostros), contiene potencialmente todo.

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Y si bien el film no es un documental sobre el tema, sus postulados subyacen en el encuentro entre Rudi y Yu. Y este es clave porque le permite al primero cambiar sus apreciaciones acerca de todo y la nada, de lo vacío y lo lleno. Le permite comprender que el vacío que siente por la ausencia de su esposa, puede ser llenado con nada. Si por nada entendemos el cuerpo que no es de Trudi, de allí que él use la ropa de ella.
Desde ya, que un vacío pueda ser llenado con una nada que contiene todo es un concepto quizás difícil de comprender para la cultura occidental, pero quien alguna vez haya experimentado un momento contemplativo, por ejemplo en los procesos de meditación, quizás comprenda a qué no estamos refiriendo. Y sino vean Las Flores del Cerezo. Otra película entre lo particular y lo universal, lo local y lo global, lo lleno y lo vacío, la nada y el todo, agridulce, de Döris Dorrie.

 

  

 

 

 


 

 

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