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El secreto de sus ojos, un Campanella distinto PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Rómulo Berruti   

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Con mucha expectativas se estrenó El secreto de sus ojos, regreso de Juan José Campanella a la pantalla grande después de su gran pegada con Vientos de agua para la televisión. También de aportes para ese medio en Estados Unidos dirigiendo capítulos de 30 Rock, House, Ley y orden. Su nueva película lo muestra indagando en otro género con mucha calidad narrativa. 

Apoyado en la novela de Eduardo Sacheri del mismo título, Campanella se mete con todo su oficio en una historia de amor con trasfondo policial y político, un mundo de climas densos y certezas huidizas donde los elementos a manejar son más complejos que aquellos que dieron cimiento a sus éxitos anteriores. De ambiente tribunalicio, El secreto…abre con la vida actual de un funcionario más bien oscuro que ya jubilado, decide escribir una novela. Se valdrá para eso de un caso real que puso turbulencias inusitadas en la rutina de coser expedientes y bordar causas judiciales un cuarto de siglo atrás. Benjamín Espósito no mortifica su memoria con aquél homicidio para escribir su ficción, escribe su ficción atormentado por aquél homicidio. El film va y vuelve  en el tiempo intentando seguir esos viajes en la mente y las emociones del protagonista, pero Campanella consigue que la vieja y descascarada crónica de la mujer hermosa cruelmente asesinada resucite con sorpendente vitalidad. Espósito supo desde el primer momento, explorando fotos vulgares de la víctima, quién era el asesino.

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Pero las chicanas judiciales y sobre todo, el reclutamiento del criminal para las filas de la Triple A se lo quitan de las manos. En ese juego del gato y el ratón lo obsesiona por encima de todo el amor del  hombre que perdió a aquella mujer, el hombre sumido en el dolor y a la vez en el deseo de venganza que acechará al asesino cada día en una estación de tren distinta porque sabe que vive en el conurbano. Este amor hace espejo con el que Espósito siente por su jefa, Irene, y que adivina solapadamente correspondido. Un amor que tiene imposibilidades de tango: “algo nos separaba, un mundo de distancias había entre los dos, ella era de familia muy rica y distinguida, yo sólo era un trabajador….” Veinticinco años después, con la coartada de la novela que intenta escribir, Espósito se ve a las puertas de una luminosa, inesperada revancha y también se dará de narices con aquél viudo misterioso que como él, gastó casi una vida buscando a un canalla. La historia tiene un punto de cruce fundamental en el compañero de trabajo de Espósito, el casi patético Sandoval, un borrachín inofensivo pero leal hasta la inmolación.

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A generosa visible distancia de Luna de Avellaneda o El hijo de la novia, El secreto de sus ojos atrapa menos por el costumbrismo –presente de todos modos en los contornos exteriores de tipos, escenarios, vocabulario- que por una atmósfera de cine negro enrarecida por conductas extrañas. De a ratos, el realizador nos trae recuerdos del Fabián Bielinsky de El aura, pero con la ventaja de no caer en el hermetismo de aquél film porque Juan José Campanella es por sobre todo calidez humana. La película está contada con mano maestra tanto en el dibujo interior de las conductas como en alardes de gran despliegue como la intensa, perfecta secuencia del partido de fútbol. Generoso como siempre con sus intérpretes, se percibe la libertad que les dio para que cada uno encontrara el diapasón más armonioso. En este aspecto, es notable el diseño que Guillermo Francella, casi desconocido sin el bigote y los tics televisivos, trazó para Sandoval. Sus condiciones de actor lucen limpias y brillantes en los gestos huidizos de ratón culposo que delatan su debilidad moral a la vez que protegen su vigor oculto: una curiosa variante del coraje extremo. Gran presencia la suya. Es notable también la enorme ternura con que Soledad Villamil protege a Irene, la mujer firme y segura para el afuera, pero frágil como una enamorada adolescente en sus pliegues más hondos. El encuentro del final condensa en ella una emoción infrecuente pese a brotar de una situación obvia. Ricardo Darín está perfecto en un papel poco menos que soñado para su figura y dibujo interpretativo, sólo que a duras penas consigue diferenciarse del que ya vimos en protagónicos anteriores. Tal vez su gran labor interior en El aura y su poderosa imagen en La señal lo anclaron en una línea que no será fácil modificar. Estupendo por la economía de recursos y la cautela con que resuelve un compromiso complicado, Pablo Rago en Morales, el hombre que nunca olvidó. Ellos cuatro son pilares esenciales de El secreto de sus ojos, muy buena película argentina con aportes españoles a la cual nada cuesta vaticinarle mucho éxito. También muchos premios.

 

  


 

 

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