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El primer día del resto de nuestras vidas, de Arnaud Desplechin PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carolina Giudici   

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Milan Kundera escribió alguna vez que “la vida parece un boceto”, un texto en un cuaderno borrador que no puede corregirse, porque no hay posibilidad de reescritura ni existe un modelo perfecto con el cual comparar lo que esbozamos. Cada día ensayamos partes de una obra que nunca veremos representada en su totalidad. Intentamos aprender de los errores, claro, pero con demasiada frecuencia olvidamos la letra. Y entonces hay que empezar de nuevo. 

Arnaud Desplechin piensa el cine como si fuera el borrador de una película que nunca será. Como si la computadora se hubiera colgado antes de que el editor pudiera guardar los cambios definitivos, la película incluye todas las desprolijidades de lo que sería una primera prueba de montaje. Como si fuera un adolescente virgen que debuta en un rodaje, el director se divierte tanteando los efectos de luz, los desencuadres, el falso raccord, la pantalla dividida, la animación, las imágenes congeladas e incluso el cierre en iris, ese círculo ancestral que cada tanto amenaza con devorar la pantalla y dejarnos a oscuras. Es como volver al origen, a la tosquedad de los pioneros del cine, cuando el ímpetu importaba más que la pertinencia dramática, cuando todavía todo era ansiedad y no se sabía qué era lo clásico y qué lo moderno, y una película podía ser apenas una serie de apuntes desperdigados en un papel (la leyenda cuenta que Griffith anotaba sus ideas en pequeños machetes que luego ocultaba debajo de su sombrero). Desplechin no descubre el cine (¿o sí?), pero adora tanto la vida que en su entusiasmo primitivo parecería volver a descubrir el encanto de la realidad.

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La familia Vuillard se reencuentra para pasar la Navidad, si bien la excusa de fondo es que mamá Junon (Catherine Deneuve) está enferma y necesita que alguien cercano oficie de donante. Eso es todo lo que diremos sobre el conflicto de El primer día del resto de nuestras vidas (en adelante la llamaremos con el título original: Un conte de Noël), que por otra parte no se puede resumir en pocas líneas. Es un relato que sólo se aprecia si galopamos a la par de sus saltos, entre sus flecos desparejos y esas raras piruetas anímicas que rechazan fervientemente la tristeza, aunque la muerte sea la protagonista de casi todas las escenas. Hay mucho humor negro, melancolía y tragedia. Están los fantasmas de los que no están. Está la pregunta por lo que pudo haber sido y no fue. Algo así como Frank Capra vampirizado por Alain Resnais. Pero es papá Vuillard (Jean-Paul Roussillon) quien insiste: sufrir no tiene sentido. Por eso la narración nunca se arrepiente y avanza deprisa, inquieta, atropellada, como buscando una revelación en el plano por venir. "La única libertad que nos queda es la apuesta", se escucha por allí. Es absurdo detenerse en el lamento y pretender tachar lo que no nos gusta del boceto: usemos esas ganas para darnos un abrazo. Perdonar. Comprender. Y recomenzar.

En el film cada plano es apenas el tallito de otra cosa que germinará en otro lado. La vida como un árbol inabarcable, como el membrillo de Víctor Erice que el pintor jamás podrá emular en la tela, porque hay una verdad que siempre se fuga junto con el tiempo. Tal vez la diferencia entre el arte y la vida no sea más que una fracción de segundo: ese instante en el que uno decide entre permanecer o seguir. Esperar o crear. Llorar o reír. O estas dos cosas a la vez, como sólo sucede en un brindis emocionado. Cine espumante que invita a la catarsis feliz. De eso se trata esta película. Y de cómo asumir la certeza de que así como amanecemos cada mañana, también podríamos no despertar.

Porque no todo en la vida es sueño. La vida es un conjunto de células que un virus destroza mientras carcome el organismo. Un porcentaje de probabilidades esgrimidas en un diagnóstico médico. Un transplante realizado a tiempo. Al film no le tiembla el pulso a la hora de denunciar la crueldad biológica y llevarla a la imagen: el cáncer a través del microscopio, las estadísticas heladas en la pizarra, la médula en un aséptico envase. Es más fácil y más "poético" creer que la vida es "una ilusión, una sombra, una ficción"... pero Desplechin no es Calderón. Primero está el cuerpo, con sus debilidades, sus hartazgos, los reproches de la sangre. El cuerpo se cobra venganza y decide a su arbitrio quién le resulta compatible y quién no. Otra vez el cuerpo en su contundente materialidad se presenta como un tema central del cine contemporáneo.

Como también es un tema clave la familia, ese ente cada vez más esquivo a los conceptos ya probados. “La desmesura, la locura, la violencia de esta nueva estructura familiar ha alcanzado límites que no imaginaba. Estamos en medio de un mito, y no sé de qué mito se trata”. Esto le confiesa Henri (Mathieu Amalric) en su carta a su hermana Elizabeth (Anne Consigny), aunque es evidente que la cuestión excede a los Vuillard y apunta a la familia en la actualidad, y por qué no al mito de la humanidad toda como esa gran familia alguna vez soñada por las utopías de la Razón. Esto ya lo planteaba el anterior trabajo del director, Reyes y reina: hemos puesto todo patas para arriba y es hora de hacerse cargo. Y los sueños serán sueños, pero no olvidemos que somos responsables de lo que soñamos (Lacan dixit).

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Como ocurre con Martel, con Haneke, con Van Sant, Desplechin es de esos autores que con su estética nos confirma que cuando miramos en realidad vemos muy poco, no sólo a escala social sino en lo más íntimo, en el hogar y entre los nuestros. El francés es más vitalista y más amable que los directores mencionados y, si bien intenta como ellos cuestionar nuestra pasividad ante el mundo, su cine evita abofetearnos y se contenta con propinarnos un dulce ¡chas, chas! en la colita. “Hay gente que gasta excesiva energía en parecer normal”, señalaba el siempre lúcido Albert Camus, y esa frase no se aplica a los Vuillard sino a nosotros, que nos enfermamos de tan empeñados que estamos en fingir un mentiroso equilibrio. Los habitantes de Un conte de Noël bien podrían calificar entre los personajes más libres y auténticos de la historia del cine. ¿Locos? Para nada. Tan solo son excepcionalmente francos.

 

  

 

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