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La rosa del desierto y el retorno de Mario Monicelli PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Pablo De Vita   

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Con la película La rosa del desierto, rodada en 2006, Mario Monicelli retornó a las pantallas. En la Argentina, el estreno de la película significa el fin de un largo paréntesis sin obras suyas. Monicelli es un maestro indiscutido, y aquí apuesta al escenario bélico para retratar otra de sus historias llenas de espíritu satírico. 

Al finalizar la proyección de La rosa del desierto el espectador puede salir de la sala con una sonrisa o decepcionado. El film, rodado en pleno desierto libio cuando su director tenía 91 años cumplidos, no está a la altura de sus grandes clásicos -y auténticos ejemplos del cine universal- como La gran guerra o La armada Brancaleone. Si se omiten las comparaciones, que siempre son odiosas, el resultado es halagador y reconfortante porque La rosa del desierto no es una obra menor. El también autor de Los desconocidos de siempre y Los compañeros, instala temas como la religión, el rol de la mujer y la burocracia con el estilo que patentó hace medio siglo donde se mezcla el humor zumbón con el profundo drama. No olvidemos que está ambientado en la Segunda Guerra Mundial,  tampoco que su director es Mario Monicelli y, por ende, muchas resoluciones optan por el camino de la comedia bufa.

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Basada en la novela de Mario Tobino (El desierto de Libia) y en los propios recuerdos del realizador, que fue soldado en el frente de batalla, La rosa del desierto coloca su mirada ante un escuadrón del ejercito italiano que es una avanzada sanitaria en pleno desierto, el mismo que el fascismo quiso reconquistar para Il Duce. Ese delirio político planteado dentro de la Segunda Guerra se corresponde con el que Monicelli introduce en sus personajes, mezcla de burócratas desentendidos con gente que -en lo único que piensan- es cómo y cuando volver de allí. Es entonces cuando la película permite el desfile de toda una galería de personajes que, de manera clave en el director de I Compagni, articula una reflexión de lo humano. El grupo es comandado por el mayor Strucchi, que no tiene como mandar las encendidas cartas que escribe para su mujer; el padre Simeone que acompaña al dispar pelotón, y un teniente que es médico oftalmólogo donde se necesita uno que sepa remediar males mayores. En el fondo, ninguno espera la pelea y asumen la guerra como una distracción.

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Pero el drama se instala, en el teatro de operaciones de la guerra es inevitable, y Monicelli responderá con sus mejores armas, relatar con humor e ironía algo que en el fondo no deja de observar amargura y frustración. El manejo de cámaras, el desplazamiento por el auténtico desierto y la lograda fotografía, no puede dejar de celebrarse en La rosa del desierto. Suma a su calidad técnica el sólido desenvolvimiento artístico de un elenco encabezado por Michele Plácido, como ese cura burlón; Alessandro Haber como el superior enamorado y Giorgio Pasotti como el soldado que "no es fascista sino turista". La rosa del desierto descansa en estas interpretaciones y en la experimentada labor de un director que tiene el privilegio de ser uno de los grandes nombres de la historia del cine. Y que a sus años sigue demostrando vitalidad y optimismo, pese a todo.

 

  

 

 

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