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Con este film como disparador y excusa, el maestro Claude Chabrol recibió un Oso de Oro honorífico por su trayectoria en la última versión del Festival Internacional de Berlín, el certamen que en cierta manera lo consagró medio siglo atrás cuando le dio el premio mayor a su film Los primos. |
No cabe duda que los laureles ratifican para la posteridad el triunfo en las batallas, aunque las lides actuales dejen para el mismo general resultados un tanto desalentadores. Es lo que sucede con el gran Chabrol, uno de los mejores directores franceses de todos los tiempos. Y uno de los que supo mantenerse activo, sin dejar nunca de filmar. En los últimos quince años exhibió su talento y oficio en La ceremonia, En el corazón de la mentira, Gracias por el chocolate y La flor del mal, entre otras menos llamativas. Ahora, al borde de los 79, se juntó por primera vez con el monstruo sagrado de los actores de cine de su país, Gerard Depardieu, para darle el papel de un inspector de policía entrado no en años pero sí en kilos, un burgués inconfundible que mientras descansa en la casa de verano de su mujer (la deliciosa Marie Brunel) deberá soportar la visita de su medio hermano, un fracasado que ahoga en vino blanco su resentimiento, un vago dispuesto a vivir de quién se lo permita, en este caso un excesivamente tolerante Paul Bellamy.

Pero hay algo más, porque un sujeto inquietante acusado de asesinato y amparado en una falsa muerte por accidente aparecerá de pronto excitando su curiosidad de investigador. Bellamy quedará enredado en las angustias de estos dos outsiders, sin fuerzas para liberarse de ellos y enfilado con fatalismo de tragedia griega hacia un desenlace de fina geometría existencial. Chabrol es un guionista consumado y en su ajedrez cinematográfico predominan las combinaciones barrocas sobre las estrategias simplistas, por eso el film va y viene sobre senderos ya recorridos como esos alfiles y caballos que retroceden en lugar de avanzar. Es un juego que ya le conocemos, disfrutable pero peligroso en una etapa del cine poco piadosa con las pérdidas de tiempo. Por eso las charlas inútiles con Jacques Lebas, ese medio hermano tan irritante –un personaje donde nos parece estar viendo al recordado y con frecuencia imprescindible Serge Reggiani- frenan el desarrollo del asunto y demoran sin necesidad situaciones que ya vimos minutos antes. Bellamy, siendo una historia de contenido policial, no tiene intriga ni suspenso. Se pierde pronto el interés por lo que sucederá con el acusado y su débil coartada, en tanto que tampoco moviliza demasiado el devenir personal del comisario con esas paradojales simetrías entre el caso y su vida íntima. Quedamos entonces en parte subyugados por el enorme Depardieu –enorme en todo sentido- un intérprete colosal que se apodera del relato y lo somete a su presencia, pero que no puede reparar los engranajes que crujen oxidados en la maquinaria del realizador.

En relación a sus trabajos más recientes (ni hablar de los de la época de oro) el director de El carnicero ha retrocedido visiblemente. No en el tejido sutil de la historia en sí misma, pero sí en su traslado a ciertas urgencias hoy insoslayables del cine. Depardieu está gordo. Chabrol está pesado.
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