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La sangre brota: griega y punk PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Lorena Cancela   

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A grandes rasgos, podemos distinguir dos tipos de películas: Aquellas donde el demiurgo se mantiene a cierta distancia de sus protagonistas, hace actuar a los actores (éstos son generalmente conocidos por el gran público), se luce con la iluminación, o la escenografía y da cuenta de sus gustos con alguna que otra cita u homenaje a algún director. Llamémosle a este grupo películas limpias. Pero existe el otro grupo... 

En ese otro andarivel, el director no se mantiene a distancia de sus protagonistas, los actores (noveles, poco conocidos, o directamente desconocidos) parece que no actúan, la iluminación está en función no de que se vea bien la escena sino de la situación, y si hay referencias a otras películas, éstas no se presentan a la manera de un collage. Mejor aún, pareciera que están ahí porque es inevitable, no para agradar, ni congregar con nada, ni nadie. Llamémosle a estas películas, en un buen sentido, sucias. La sangre brota, el segundo largometraje de Pablo Fendrik después de El Asaltante, está aquí.
A los efectos de ubicarnos un poco en este relato digamos que transcurre en un día, en Buenos Aires, y sus protagonistas son parte de una familia que ha sufrido los embates del capitalismo. Él es taxista, Arturo (Arturo Goetz), ella, Irene, es profesora de bridge (Stella Gallazzi). De sus dos hijos, uno está en el exterior (aunque desea volver), y el otro (Leandro, Nahuel Pérez Biscayart) deambula por la calle acompañado primero por su novia (Romina/Guadalupe Docampo), y luego por otra chica que conoce de una galería, Vanesa (Ailín Salas). Dicho así, pareciera que esta información nos ha sido dada al comienzo, en los minutos preliminares de la película, pero no: esos datos, y otros, los iremos reconstruyendo a lo largo del film.

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Aún así, hay dos mundos diferenciados: el de los chicos y los adultos. Los primeros se expresan en su propia habla (cruda y despojada), con torpeza, sexo y drogas. En este sentido, y a diferencia de otras películas y series televisivas que retratan a la adolescencia como un paraíso terrenal con muchachos bien vestidos, rubios y de buenos modales, en La sangre brota se describe cuan complicado es ser adolescente. Los mayores, por el contrario, se conducen a través de un sinfín de rituales, poses y máscaras, que dan la sensación de estar sutilmente atadas, a punto de caer. Es que aquí no solo los chicos no tienen rumbo, los adultos tampoco.
De allí que no “avancen” hacia ningún lado y que la mayoría de los personajes fracasen en sus objetivos. La sangre brota escenifica, sobre todo, su búsqueda en un día en la gran ciudad. Para eso, trabaja con la potencia física de los actores, con las posibilidades de éstos de ir a uno u otro lado y que sea su deambular (caminando o en auto, da igual), lo que estructure el todo. Por momentos pareciera que son éstos, con sus acciones caprichosas e impulsivas, los que controlan la narración.
Por lo dicho, la estética de La Sangre brota podría emparentarse con la de ese conjunto de películas que han sido parte (por motu propio o porque allí las encasillaron) del llamado nuevo cine argentino. Y sí, efectivamente ésta usa locaciones naturales, trabaja con nuevos actores, escribe diálogos como los que se escuchan en la calle, y sus personajes están a la deriva.

 

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Sin embargo, la mirada de Fendrik es más “cubista” que realista. Y esto queda planteado desde la primera imagen. ¿Cuánto tiempo le toma al espectador comprender qué es lo que está pasando en la escena? ¿No es acaso está particular manera de encuadrar el índice que debemos mirar y tratar de comprender lo que sigue desde otro lugar?
Esa desnaturalización de la mirada se ve reforzada con la de Leandro, el protagonista absoluto, que está atravesada de pastillas. Además porque el film en su conjunto es una desarticulación de supuestos: que los padres cuidan y quieren por igual a los hijos, que éstos quieren a sus padres.
Nos queda por mencionar un último personaje: la ciudad. Ésta pulsa tan frenéticamente como sus habitantes, suda violencia a cada paso. Aquí la violencia y la sangre, literalmente, brotan. Pero su erupción no funciona catárticamente, más bien todo lo contrario.

 

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