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Aún cuando podamos practicar la lectura frente a un ordenador, ésta está y estará ligada al objeto libro, al hecho de transportar éste a cualquier espacio, a poder asirlo, tocarlo, maniobrarlo. Sobre algo de esa sensación se explaya la película El lector de Stephen Daldry, basada en la novela de Bernhard Schlink. Pero al igual que la novela, la película de Daldry, el mismo realizador de Las Horas, no refiere solo a aquello: Ambientada en plena Segunda Guerra Mundial, entreteje una historia erótica entre un estudiante y una mujer que termina alistándose a las SS. |
Leer es un placer. Consultados cierta vez un grupo de escritores, entre los que se encontraba la española Rosa Montero, a propósito de qué les era más placentero si leer o escribir, la mayoría respondió leer. Así, pareciera que los cineastas pueden prescindir de mirar películas (en la Argentina es común que algunos directores se confiesen como no cinéfilos), pero los escritores no pueden prescindir de leer: novelas, ensayos, todo lo que se interponga entre su mirada y el pedazo de papel. Accidente de por medio, Michael Berg (Ralph Fiennes) y Hanna Schmitz (Kate Winslet) entablan una relación amorosa, aún cuando el mundo de Michael sea acorde a su edad, es un adolescente, y el de Hanna, que tiene más de treinta, se reduzca a idas y vueltas en un tranvía en el que es empleada. Todo va bien (los amantes se gustan, aman y en los intermedios del acto sexual leen) hasta que Hanna desaparece. Y, transcurrida la mitad de la ficción, nos enteremos que se alistó a las S.S y está siendo juzgada por un tribunal que lo tiene a Michael, ahora un estudiante de derecho, como observador. A diferencia de otras películas que usan al Holocausto como referencia icónica (es decir, lo reconstruyen en la ficción gracias a la puesta en escena), El lector recrea ese momento a través de historias personales. Aquí, el acento está puesto en vislumbrar las heridas de los personajes más que en el supuesto verdadero contexto donde se desarrolló el horror.

Pues si bien reconstruye un verosímil, no existe la pasión o meticulosidad propia de otros relatos espectaculares por mostrar “el mundo” de la Segunda Guerra Mundial con pelos y señales. A diferencia de la controversial La vida es bella de Roberto Benigni, aquí no habitamos campos de concentración, ni vemos oficiales vestidos con insignias esvásticas constantemente, ni prisioneros en pijamas, pero el Holocausto está allí: atravesando para siempre la vida de nuestros protagonistas. Tampoco, hay que decirlo, aparece en ésta una mirada del estilo de Terror y miserias del Tercer Reich de Bertol Brecht que intente explicar socio políticamente cómo fue posible que semejante horror haya ocurrido. Lo que busca Daldry es indagar en un hecho histórico y en cómo éste afecta la vida de las personas. Entendidas éstas psicológicamente, no como sujetos históricos. De allí que, aún cuando exista un juicio de por medio (por cierto bastante absurdo), el castigo para Hanna se dirima en un plano netamente personal.

Al mismo tiempo, el realizador (que continúa explorando temas como la escritura y la lectura, recordemos que Las Horas era una recreación de la vida de Virginia Woolf), peca de ciertos clichés estéticos. Fundamentalmente cuando acompaña ciertas imágenes con una musiquita un tanto new age, a falta de una definición mejor. O cuando vuelve a su particular manera de superponer los tiempos, en un film que si bien está hecho con esmero y calidad, no deja de recordar a su largometraje anterior. Sobre los actores ya se han explayado lo suficiente otros medios. Si nuestra memoria no falla Kate Winslet obtuvo unos cuantos galardones por su interpretación. Es sabido, a Hollywood le gusta premiar a los actores que componen personajes monstruosos. Aún así, desde aquí queremos destacar la presencia del mítico actor alemán Bruno Ganz, en el papel del profesor de derecho de Michael. El lector no deja de ser una película interesante para aquellos que gustan de historias donde la Historia se entrecruza con la misma vida.
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