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Con su estreno en Buenos Aires, Entre los muros permite seguir conociendo -y por que no disfrutando- el discurso cinematográfico de uno de los grandes directores del cine contemporáneo. La última película de Laurent Cantet, ganadora de la Palma de Oro en el último Festival de Cannes, vuelve a instalar el debate sobre el rol de la educación añadiéndole el análisis a las regulaciones sociales que son denominador común en su cine. |
Hace 10 años la ópera prima de Laurent Cantet se alzaba con el máximo premio del jovencísimo –era su segunda edición– Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI). Recursos humanos era el título que resumía la exploración sobre las relaciones laborales en tiempos de globalización y neoliberalismo. Esta idea, continuada en un film por demás pesimista como El empleo del tiempo, describía a un realizador preocupado por los conflictos sociales. Su posterior obra permite intuir que el director analiza el vacío de sentido en la sociedad contemporánea, donde los actores sociales difuminan sus roles y las instituciones tradicionales no sirven para dar respuesta a la más mínima inquietud.

Bienvenidas al Paraíso, quizá menor dentro de su filmografía, sirve para explicar la construcción de sus filmes. Con una sublime Charlotte Rampling, la primera aproximación será al turismo sexual para dar paso luego a reflexiones sobre el racismo, la alteridad y, principalmente, el deseo femenino como tabú. En esta dirección, con Entre los muros Laurent Cantet indaga el costado más complejo de los mecanismos de dominación presentes en su obra anterior. ¿Es la escuela un ámbito de formación o es, más bien, un reservorio donde se reproducen pautas patológicas del mundo exterior? Cantet promueve un debate donde el modelo didáctico pareciera encontrar el límite de su obsolescencia, con alumnos que reproducen la tensión social en la clase y profesores que no pueden abarcar las infinitas diferencias sociales, culturales y económicas. Así, los dispositivos de poder dentro de la escuela caen frente a la violencia solapada de las nuevas generaciones. Entre los muros consigue con eficacia documentar la realidad desde el interior de las aulas, significativas cajas de resonancia del complejo mundo exterior, e intuir claramente lo que sucede, aunque no se explicite, al término de la clase.
A partir de un pequeño núcleo, François y sus colegas se preparan para la vuelta al ciclo lectivo en una escuela de los suburbios de París, y dejan al descubierto con contundencia muchas de las angustias cotidianas de los jóvenes y adultos de hoy. La historia, plasmada básicamente desde la óptica del docente, indaga en los rostros de desconcierto: los adolescentes no consiguen comunicar sus aspiraciones y temores. Filmada con sólo tres cámaras, la acción transcurre básicamente dentro de un mismo espacio durante dos horas, y no abruma. Subyace la gran honestidad de un cine que no abandona su radicalidad y cuestiona qué rol cumple la enseñanza cuando no es garantía de una salida laboral, ni de amalgama social, y sólo parece destinada a satisfacer el crecimiento cultural y personal de generaciones cuya necesidad de conocimientos es ínfima.

François Bégaudeau, autor del libro original, añade interés con su hábil composición del docente. La contundencia con la que Laurent Cantet plantea la historia, su impecable labor narrativa sumada a un montaje que interpela casi al instante a toda una cursada hacen de Entre los muros un film no sólo inteligente sino también ágil y que, en su vocación testimonial, traslada su honestidad brutal a los espectadores para que sean ellos quienes despejen sus conclusiones.
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