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Nunca es tarde para amar: apostar al vitalismo PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carolina Giudici   

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Dirigido por Andreas Dresen, este film alemán “Wolke Neun” se estrenó con el título Nunca es tarde para amar. La expresión suena a consuelo de tontos, de esos que suelen cerrar una charla en la que una persona a punto de resignarse recibe de un amigo la última palabra de esperanza, pronunciada con afecto pero nulo convencimiento. Una palmada en la espalda y hagamos de tripas corazón. 

Porque parecería ser que cuando ya pasamos casi todas estaciones y nos acercamos a la terminal, la opción lógica es poner el piloto automático y no esperar nada más. Así se lo ve a Werner (Horst Rehberg) en su rutina: un buen baño, una copa de vino blanco frente al televisor, los mimos de rigor de Inge (Ursula Werner), su mujer desde hace treinta años. Disfruta de las pequeñas cosas por costumbre, sin creer que exista un más allá. Si viaja en tren, Werner es de los que prefieren leer antes que mirar por la ventana. En cambio Inge no puede sostener la vista en un libro porque el paisaje la distrae y todavía la sorprende, aunque todo se reduzca a contemplar los girasoles en su eterna persecución de un rayo de luz.

Una mañana Inge conoce a Karl (Horst Westphal) y se enamora. En la película las ventanas siempre están abiertas de par en par. No hay zona del cuerpo que no aparezca iluminada, porque no hay arrugas que esconder ni pudores que aplacar. Ambos son ancianos y están felices de serlo. El sexo entre ellos es muy bueno pero es solo la consecuencia de algo más grande y más atípico: el entusiasmo, el brillo en los ojos, esa nube de la que habla el título original. Es reírse por el solo hecho de estar vivo, como esa carcajada maravillosa que Inge lanza durante un desayuno mientras su marido apenas comprende la broma.

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La puesta en escena de Andreas Dresen despliega la historia con una naturalidad apabullante, sin desviar el foco de lo real de los cuerpos y de lo que fluye entre ellos: la pasión, la culpa, la ternura. Y aunque no todo será color de rosas, lo que inunda de belleza las imágenes del film es la necesidad de honrar el vitalismo a partir de los gestos románticos más simples. Inge y Karl confirman que las mariposas nunca se fugan del estómago. Solo es cuestión de atizarlas si estamos dispuestos a correr el riesgo, ya que sabemos que en su tramposo aleteo tanto pueden elevarnos al cielo como hacernos sangrar. 

 

 

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