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Gran Cineasta y gran película: Gran Torino PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Lorena Cancela   

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Al ver Gran Torino, no podemos dejar de recordar las palabras del crítico Alberto Tabbia, quien ya en los ’90 se preguntaba qué quedaba de Hollywood para afirmar: “Clint Eastwood, como jinete solitario, fantasma del clasicismo, tal vez el único capaz de captar, como la luz de una estrella muerta, un reflejo del esplendor pasado.”  

Proveniente de una familia de trabajadores que no podían pagarle los estudios, Clint Eastwood ingresó al cine como aspirante a estrella de los Grandes Estudios, no sin antes desempeñarse en distintos oficios. Su momento de reconocimiento vendría luego de protagonizar los llamados spaghetti westerns rodados por Sergio Leone. Aunque era un codiciado galán y reconocido actor, en los años ‘70 Clint amplió su espectro y comenzó a filmar: En los últimos 20 años ha rodado muchas de las películas más importantes para comprender la Norteamérica profunda: Criminal, corrupta, injusta, de los ex combatientes, la guerra, los sueños no cumplidos, los ghetos, las amas y armas dentro de las casas.
Generalmente, esas tramas con claroscuros no están contadas a partir de una mirada observadora, o paródica y cínica - como la de los Cohen-, que permanece ecuánime y a cierta distancia. No, a Eastwood le gusta que sus personajes cuenten sus historias desde sus entrañas. El director – actor, en casi todos los casos, está adentro; eligiendo y construyendo un punto de vista, y haciéndolo prevalecer. Esas elecciones hacen que algunos interpreten sus películas como misóginas, racistas, o fascistas. Pero a no confundir, que en sus largometrajes haya personajes así no significa necesariamente que él, o sus films así lo sean. Aunque, hay que decirlo, en una oportunidad se afilió por poco tiempo al Partido Republicano, hoy se considera un liberal.

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Walt Kowalski, interpretado por el mismo Clint, es un veterano de la guerra contra Corea que acaba de enviudar y se enfrenta al ocaso de su vida. Es también el único norteamericano en un vecindario hecho de distintas comunidades donde los chinos se pelean con los latinos, y éstos a su vez con los africanos. Walt no se lleva bien con sus hijos, desprecia a sus nietos, y ni hablar de sus vecinos orientales: los hmongs. Supuestos protegidos del País del Norte que por haberse prestado a colaborar en la guerra contra Vietnam, tienen asilo político en los Estados Unidos, pero terminan muchas veces, literal y metafóricamente hablando, presos en sus confines.
Walt entablará relaciones con éstos a partir de un hecho fortuito (sobre un objeto que no lo es tanto), enfrentándose así con sus miserias, pero también su posibilidad de redención. Porque éste, a pesar de toda su torpeza y falta de títulos de grado, se hará cargo de cierta situación de desamparo en la que viven sus vecinos, y ellos también harán otro tanto con su orfandad. Así avanza la película, a contrapuntos, mientras Walt, Sue (Ahney Her) y Thao (Bee Vang) entablan una áspera y al mismo tiempo tierna relación de iniciación.
Todo esto dicho a partir de las virtudes formales que caracterizan su obra: Excelente y discreta musicalización, ausencias de escenas de relleno, una gradación acompasada entre los distintos planos e interpretaciones absolutamente verosímiles. Verdaderamente, el cineasta es quien con más convicción y maestría se vale de los recursos que hoy generalmente se definen como parte de narración clásica, aunque ésta no es del todo y en cada una de sus partes una película así. Como toda obra maestra, sería preferible no encasillar.

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Por lo pronto el final, que no develaremos aquí, no es feliz. Esconde, tal otros finales a lo largo de su extensa filmografía, una paradoja quizás difícil de entender, pero que al mismo tiempo se transforma en un acto de justicia poética. Y ese revés excede el terreno meramente personal para transformarse en un funcionamiento de lo social.
Así, el alter ego Walt a sus tempranos 80 años no está seguro que el mundo pasado fue mejor a éste, pero sí está convencido que hay cosas que fueran buenas y tienen que ser rescatadas dentro de la postal que lo rodea. No para que se transformen en una pieza de museo, pero sí para que circulen, se fundan con el presente. Tal en el plano final donde el Ford Torino (un emblema de una época, y el símbolo de un forma de hacer y ser) conducido por el joven Thao bordea la costa del mar, hasta que se aleja… Y nosotros, espectadores, finalmente libres en nuestra última mirada, seguimos contemplando el horizonte, con la convicción que algo nos han enseñado y una, de diez películas hollywoodenses, nos ha emocionado y tocado en lo más hondo.

 


 

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