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Con ocho años de atraso conocemos Competencia desleal, del gran Ettore Scola que apenas zafó de no estrenarse jamás. Su director ya no es marca rentable y la historia que narra pertenece sin duda a un devenir cinematográfico bastante remoto. |
Con esa calidez y emoción que son atributos del cine italiano y con una caligrafía de excelencia que vale como huella digital de Ettore Scola, Competencia desleal narra la muy áspera relación entre dos comerciantes del mismo rubro, pero no de la misma categoría. En un “vícolo” romano del apogeo fascista, casi pegadas, conviven como pueden una sastrería de medida y una tienda de trajes de confección. Umberto, dueño de la primera, tiene sangre italiana “limpia” y acata con más conveniencia que entusiasmo las duras leyes del juego que imponen los tiempos. Sergio, su vecino, es judío y no tardará en sufrir la cruel discriminación diseñada en la Alemania nazi pero copiada con veloz obediencia por el Duce. Umberto y Sergio deben sobrellevar esa tan incómoda realidad que establece la competencia comercial. Umberto tiene ideas publicitarias bastante primitivas pero astutas y Sergio en el acto las copia multiplicando su eficacia. Una sutileza meritoria del guión –que comparten Ettore y Silvia Scola con los hermanos Scarpelli- es mantener dentro de la relación esencialmente humana esta pelea por la clientela. El católico y el judío están hechos con buena madera, son nobles y en ninguno de los dos ni en sus respectivas familias se incuba el huevo de la serpiente.

En una Italia que corre sin saberlo hacia el desastre, ambos son personajes entrañables con algo de aquellos vaticinios inquietantes que por debajo de la anécdota electrizaban Un día muy particular, aquella gran película de Scola. La descendencia de ambos se llevan bien, los más chicos comparten colegio y los más grandes, varón y mujer, inician un romance adolescente. Los días no son entonces particulares, sino muy comunes, con rencillas menores, miradas de furia y algún estallido meridional de Umberto cuando descubre en la vidriera de Sergio una ocurrencia suya. Nada, burbujas en un vaso de soda. La gran tormenta, sin embargo, está cerca. Y luego de la famosa visita de Hitler a Mussolini la persecución de judíos se pone en marcha. Aquí el film, que había atrapado por ese clima popular itálico que en manos de un artista se potencia con finezas de estilo, se vuelve angustioso. Un cascote rompe la vidriera de Sergio y la policía lo considerada un incidente menor, una travesura infantil. Pronto veremos a toda su familia partiendo entre colchones y muebles en la caja de un camión quien sabe a dónde. Tampoco en este giro hacia lo dramático la película carga las tintas –acaso una omisión dado la gravedad de los hechos- porque acata del principio al fin una tesitura melancólica que descarta la oscuridad de la tragedia. Bien contada y con momentos de auténtica emoción, además de una impecable reconstrucción de época, Competencia desleal se potencia con notables trabajos de Sergio Castellito y Diego Abatantuono en las figuras centrales y aportes valiosos de Gerard Depardieu, Jean-Claude Brialy y Sabrina Impacciatore. Tarde, pero llegó. Y vale la pena disfrutarla.
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