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El ritual de unirse a una persona ante los ojos de la sociedad atraviesa la cultura desde tiempos milenarios. Existen muestras de uniones de este tipo en las pinturas rupestres, en los jeroglíficos del Egipto de los faraones, y en las vasijas de la Grecia Clásica. Indudablemente en las comunidades descriptas, y muchas otras, la unión estaba atravesada por la política. Kate Hudson y Anne Hataway protagonizan una ficción con dirección de Gary Winick que aparentemente pone en cuestión la relación de esta institución en tiempos modernos. |
De acuerdo a la definición de política de la Real Academia Española, casarse bien podría ser “el cualquier otro modo” en el cual se expresa el ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos. Infinidad de anécdotas de la Historia así lo atestiguan, muchos matrimonios solucionaron o empeoraron cuestiones de Estado. Claro que el maridaje está también relacionado con la religión. Y dentro del catolicismo y el judaísmo, el casamiento es una de las ceremonias más importantes, un momento donde los novios - a través de objetos, gestos y ciertos rituales -, muestran a otros sus sentimientos más profundos. Sin embargo, en el mundo capitalista consumar la unión frente a otros es una celebración del amor, pero también un momento donde los novios se transforman en consumidores; compradores de todas las supuestas cosas que hay adquirir para realizar la boda perfecta tales vestidos, trajes, catering, salones, viajes y, más recientemente, los llamados wedding planners.

Hasta ahí las cosas - si bien estamos dentro del juego de la oferta y demanda y eso no deja de generar suspicacias -, serían tolerables y podrían amalgamarse con los sentimientos que describíamos más arriba. El problema surge cuando los novios se transforman en un bien de consumo en sí mismos, en seres que objetivados frente a la sociedad, y ellos mismos, sienten que han alcanzado un objetivo (o una hazaña, tal si fuera un deporte), porque han “calificado” para el casamiento. Han calificado para ser, metafóricamente y no tanto, comprados por otro. Guerra de novias lleva esta idea a un extremo. Liv (Kate Hudson) y Emma (Anne Hathaway) son amigas desde la infancia. Menos novios, han compartido todo. Contrastadas en sus formas de ser y ocupaciones, ambas son igualadas en la ficción cuando sus cónyuges les proponen matrimonio. Decididas a cumplir con su sueño de casarse en un hotel selecto, contratan a una planeadora de bodas para arreglar todos los detalles. El conflicto surge porque un error administrativo hace que las fechas de sus casamientos coincidan, y por ende ellas tengan que decidir quién le cede el lugar a quién. A partir de allí, se desencadenarán una sucesión de equívocos que enfrentarán a estas amigas a las situaciones más desopilantes.
A tono con el prejuicio que dice que la envidia y la competencia femenina es capaz de todo, estas señoritas no tendrán barreras morales, ni límites, para entorpecerse sus respectivas ceremonias. Es que aquí lo más importante es el objetivo en sí: Casarse en ese pituco hotel, sin preguntarse mucho cómo, por qué, ni, en el peor de los casos, con quién. Inclusive, no deja de ser sintomático que ni los novios (el rol de mercachifle que les toca jugar a éstos bien podría indignar a alguno que otro), ni ellas mismas sean quienes eligen el día sino la empresaria en cuestión (Candice Bergen). Guerra de novias construye su ficción sobre todos los supuestos que rondan en torno al casamiento: Que las novias se ponen histéricas y pierden la razón hasta perder a sus mejores amigas, que los novios no entienden esos sentimientos y están como bocina de avión o, en el mejor de los casos, para calmar a “las fieras”, y que, esto sería lo más aborrecible, las amigas que no se casan están directamente fuera del mercado. A diferencia de películas más recientes que cuestionan e, incluso, se burlan de los preconceptos que giran en torno a las bodas y sus protagonistas (Los rompebodas, o La mujer de mis pesadillas), esta película hace de aquellos su contenido. ¿Y el amor? Ah sí, como dice la voz off en el final… Si el amor o la comprensión no la encontrás en tu marido podés encontrarla en tu mejor amiga. Una tesis que casi nos retrotrae a la Edad Media. Pero a no confundir, la película no es un canto a la amistad sino al desahogo, tal lo ratifica la escena final.
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