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La relación del cineasta iraní con los porteños no es una novedad. A fines del siglo veinte El sabor de la cereza (1997), superó los 100.000 espectadores en Buenos Aires y seguidamente, aunque es anterior, Detrás de los Olivos (1994) hizo otro tanto. Con el tiempo, la por entonces distribuidora Contracampo estrenó en un complejo multipantallas tres películas del maestro (dos de lo que se conoce como Trilogía de Koker), y en 2006 el Malba le dedicó una retrospectiva que incluyó varias aquí inéditas, sus tempranos cortometrajes y algunas fotografías. Entre distintos títulos de interés, en el próximo Bafici los asistentes tendrán la oportunidad de ver Shirin (2008), su último trabajo. |
“La idea de seguir un objetivo es lo que hace que la vida esté viva. La totalidad de esta vida, y del universo, está hecha por energías de la gente que quiere conseguir sus objetivos, y que no puede seguir adelante sin esa energía.”,
Abbas Kiarostami.
Proveniente de las artes plásticas, Kiarostami comenzó su carrera en el cine en la década del ’70, asociado a lo que hoy se conoce como nueva ola iraní: el movimiento que se hizo eco de los nuevos cines europeos de la década del ‘60. Inició su carrera de la mano de la Fundación para el Desarrollo intelectual del Niño, esto explica en parte que sus primeras realizaciones estén protagonizadas por infantes.
Su primer cortometraje, Bread and Alley (1970) anticipa lo que con el tiempo será una constante en su obra: El contraste entre el deseo interno y el mundo exterior. Decidido a llegar a su casa, un niño descubre en su camino a un perro que no lo deja pasar, para lograrlo recurrirá a distintos artilugios. Filmada en blanco y negro, la música acompaña rítmicamente los movimientos del personaje, un uso que con el tiempo quedará prácticamente ausente de su filmografía.
De esta etapa, el mediometraje El viajero es el que más fuertemente indaga en el límite entre el mundo exterior e interior. Un muchacho quiere asistir un partido de fútbol en Teherán pero no tiene dinero. Para conseguirlo, no solo venderá distintos objetos sino que le sacará “fotos” a sus compañeros de escuela. Se ha dicho que este personaje puede interpretarse como un alter ego del mismo realizador… Más allá de afirmar o refutar esta hipótesis, lo cierto es que el film representa muchos de los tópicos que gradualmente se irán repitiendo en la obra de Kiarostami: los desplazamientos, el fútbol, el deseo fuerte por hacer algo y el hacer dentro del hacer.

Imagen de Detras de los olivos, de Abbas Kiarostami
Los tres berretines
El fútbol aparece de una u otra manera en su cine. Por dar un ejemplo, en el comienzo de Y la vida continúa (1991) padre e hijo discuten a propósito de qué país, Argentina o Brasil, fue el autor de un gol. Además de hacernos sentir cercanos, son estos datos aislados los que a principios de nuestro siglo, llevaron a uno de los críticos más estudiosos de su obra, Jonathan Rosebaum, a precisar: “Tenemos muy pocas oportunidades de saber de Irán como país fuera del cine. Esto solo convierte al cine iraní en algo muy importante. Solo por esto, aun si los films iraníes no fueran artísticamente interesantes, y aun si la gente no los considerara arte, tendrían algo que enseñarnos.”
Ahora bien, si de repeticiones hablamos, son los autos los cuales, sin duda, aparecen una y otra vez en sus películas. Desde El sabor de la cereza, donde un hombre va y viene en busca de alguien que pueda cumplirle su deseo, a Ten (2002), donde el vehículo es la única escenografía, los autos siempre están presentes. “Mi auto es mi amigo, mi familia, mi oficina, mi casa, y también mi auto. Es una criatura que me lleva de un lugar a otro y me espera cuando salgo. Y aparte de eso es el mejor lugar para que una conversación ocurra”. Originariamente Ten, iba a estar relacionada con una sesión psicoanalítica, y si bien mantiene algo de ese espíritu catártico, la afición del realizador por lo autos, y las posibilidades que le brindaban las cámaras digitales finalmente le dieron a la película la estructura conocida. Ten es también una indagación en el alma femenina.
Claro que la necesidad del cineasta de experimentar con las nuevas tecnologías no se agotaría allí. En Five (2003), un montaje de 5 planos de 10 minutos cada uno, Kiarostami también utilizó ese soporte e indagó en las posibilidades plásticas del mismo. Vale decir que en estos últimos años, otro tanto hizo el Sr. Abbas fuera del ámbito estrictamente cinematográfico: en sus instalaciones artísticas.
La crítica, otros directores
De los cineastas vivos, quizás sea Kiarostami quien más laudos aprobatorios ha conseguido no solo entre críticos, sino también entre sus colegas. Son conocidas las declaraciones de Scorsese y de Godard sobre su obra - dichos a los que Abbas ha respondido en algunos casos con sorna -, así como también la admiración que despierta en directores, tal el caso de Atom Egoyan.
El propio cineasta se ha hecho famoso al declarar que en sus films él hace apenas una parte, el resto lo debe terminar y completar el espectador. De allí también que sus historias no respeten las pautas de una narración aristotélica, y eludan contarle al espectador lo que cualquier película hollywoodense no eludiría. Pero, como dice el propio Kiarostami, sus películas son sobre “(…) los seres humanos y su alma. En este tipo de cine los hombres, con su complejidad y problemas, son el material substancial”. Según la información que circula con Shirin Kiarostami homenajea a la mujer iraní.
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