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Frost/Nixon es, por su estética, la menos posmoderna de las películas candidatas al Oscar este año, al menos si la comparáramos con Slumdog Millonaire. Usa los cambios de plano de manera no abrupta, respeta aquello de la continuidad espacio temporal y no tiene escenas donde la banda de sonido con la imagen se conjugan de manera cercana a un video- clip. Se centra en contar la historia de David Frost, un periodista inglés que en la década del ’70 tuvo su momento de gloria cuando entrevistó al saliente presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon. |
Y si bien elige como tema un hecho político (la renuncia de Nixon a la presidencia de los Estados Unidos), está en las antípodas de los films con aire “joven” que en pos de tratar de esclarecer ciertos casos, terminan confundiendo al espectador más que ayudándolo a pensar como Traffic, o la más reciente Red de mentiras. Pero la película de Ron Howard (director también de El Código Da Vinci, Apolo XIII y una Mente Brillante, por nombrar algunos de sus títulos más taquilleros), tampoco escatima en recursos bien contemporáneos pues mezcla géneros como el thriller político y el documental. La imagen testimonial insertada con la de la declaración de Gerald Ford, el sucesor de Nixon, donde se le perdona a este último por los errores que hubiera cometido en su mandato es una elección inteligente, que desde un punto de vista puede entenderse como una crítica al sistema de privilegios.

David Frost (Michael Sheen) es lo que hoy llamaríamos un periodista de las tres F: fashion, farandulero y frívolo. Conduce con pulso dos programas por la televisión británica y australiana, y tuvo su paso por la TV en Nueva York. De esta última experiencia le queda a David la sensación de que el éxito en Estados Unidos no se vive igual que en otros países. Así, va en busca de el con una buena idea: Entrevistar al presidente que abandonó su cargo por motivos no del todo claros. Por supuesto, a cambio de arriesgar más de lo que tiene: el temor a quedar en ridículo, su fortuna y trabajos. Sorprendentemente, le es más fácil a David tener la aceptación de Richard Nixon (Frank Langella) para hacer la entrevista - a cambio de una suma importante de dinero, claro - que el beneplácito de las cadenas de televisión y/o empresas publicitarias, o el guiño de otros colegas (los periodistas especializados en política). El asunto se pone aún más negro cuando en sus primeras conversaciones ante la cámara, David aparece seducido por el carisma de su entrevistado, quien elude las preguntas complicadas, o si las responde lo hace con tanta vaguedad como para no ser incriminado. En ese nudo de la película se plantea entonces un momento de inflexión porque David, típica noche sin dormir mediante, tendrá que descubrir el punto débil para vencer a su adversario. Quizás desde su título, Frost/Nixon se plantea más como un enfrentamiento entre dos personalidades que entre dos ideologías políticas. De hecho, nunca queda del todo claro qué piensa y/o siente David a propósito de Nixon. Ese es su mérito, y al mismo tiempo su desventaja. En primer lugar, porque los actores - Sheen y el excelente Langella (inmortalizado en la época de los estudios bajo el maquillaje de Drácula)- le aportan una veracidad sorprendente a sus composiciones. Pero esa verosimilitud contribuye a que la película sea de a ratos solo eso: Un duelo entre dos maravillosos actores, y no una verdadera investigación sobre uno de los presidentes más controversiales de la historia de los Estados Unidos. Un hombre que comenzó su carrera alistándose en el Comité de Actividades Antinorteamericanas, y durante su presidencia continuó con la guerra en Vietnam y fue protagonista del Watergate.

Pero a pesar de sus debilidades, propias de un relato espectacular de este tipo, la película muestra gestos y rituales que podrían asociarse a cierto accionar de lo que hoy se llaman organizaciones de derecha: Grupos con devoción a un líder (la actuación de Kevin Bacon es sorprendente en este punto) que llegado el momento funcionan como un muro de contención para el encubrimiento.
En este sentido, Frost/Nixon bien podría leerse como una alegoría de la gestión del reciente presidente saliente de los Estados Unidos: George Bush. También como el fresco de una época donde todavía existían las especializaciones periodísticas, la idiosincrasia británica y norteamericana, y había esperanzas de cambiar el mundo. Por supuesto, puede entenderse como el típico cuento hollywoodense donde todo es posible, incluso que un periodista de espectáculos inglés le corra el velo a un presidente corrupto.
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