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En las antípodas de su paranoica y desconcertante opera prima, Pi, en su cuarto film el joven realizador Darren Aronofsky apuesta al realismo más crudo para contar la historia de un ídolo del catch en decadencia. Además de la siempre espléndida Marisa Tomei, la película impacta por la entrega de un Mickey Rourke realmente descomunal. Ambos intérpretes están nominados al Oscar. |
El periodismo ha establecido que se trata de un "regreso con gloria". Hablan del actor y no del personaje, como si tuviera sentido ensayar esa escisión. Pero no hay real resurrección en la historia de Randy "The Ram" Robinson (Mickey Rourke), que ya tiene el corazón literalmente partido y es evidente que no podrá aguantar mucho más. Ni los aplausos de cien galaxias juntas alcanzan para aplacar tanta soledad.

Un hombre y su cuerpo, eso es El luchador (The Wrestler). Músculos brillantes y un rostro fuera de control. Un hombre que lo perdió todo y al que sólo le queda explotar cada fibra de su físico, demasiado castigado a esta altura como para evitar que la carne empiece a deshilacharse. No importa cuánto gimnasio ni cuántos esteroides el tipo le siga metiendo, el cuerpo se aja con los años y con lo dolores en el pecho. Acá los espectáculos de catch incluyen coreografías con alambres de púa, ganchitos engrapados en las cejas, cortes autoinfligidos para simular hondas llagas. Lejos de la festiva salud de nuestro "Titanes en el ring", en sus shows Randy se expone a lo que sea y ya ni siquiera logra que su piel funcione como frontera.
"The Ram" está en ruinas como lo están esas calles de New Jersey que le toca transitar, un paisaje frío y fiero por donde se lo mire, desde los bosques de árboles pelados hasta esos centros comerciales que ponen a la venta ropas imposibles. De día los bares están vacíos. De noche los burdeles se llenan de clientes hoscos, de esos que rechazan a Cassidy (Marisa Tomei) porque ya está entrada en años. Cassidy también se viene abajo, aunque sea una mujer despampanante. Ambos descastados sobreviven en un mundo abandonado, en donde el último gramo de entereza siempre está al borde del derrumbe. Frente a un cuadro que anula cualquier resquicio para la confianza, jugársela por el cariño implica vencer el cansancio con la fuerza de lo nuevo. Pero sucede cada vez más a menudo: nos quedamos sin resto antes de arrancar.

Lo señaló el crítico Jim Hoberman en “The Village Voice”: la película parece filmada por los hermanos Dardenne, con una cámara que se apega a la anatomía del personaje -a sus ímpetus y a sus retiradas- y no lo deja nunca, como si estuviera urgida por una necesidad biológica. Fue precisamente en el film Rosetta (otra eximia luchadora) donde los directores belgas llevaron a la cumbre expresiva esta simbiosis visceral entre cámara y cuerpo. Darren Aronofsky elige ese mismo realismo sucio y con su cámara-lija lo vuelve aún más rasposo, más chillón, más lacerante. En The Wrestler hay escenas que exigen cerrar los ojos, y lo curioso es que en esos momentos se supone que la violencia está actuada. Los límites son difusos pero la pelea es una sola, larga y cotidiana. Porque la violencia mayor, la que excede al cuadrilátero y a la intimidad, hace ya mucho tiempo que atravesó los cuerpos de todos.
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