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El esquema básico en el cual se inscribe esta película –una biopic inconfundible- tiene poco que ver con la obra del realizador Gus Van Sant, al menos en sus trabajos relativamente cercanos, que resultan más fácilmente ubicables en la zona indie que en la cómoda poltrona comercial. |
Si se piensa por ejemplo en Paranoid Park y esa especie de excursión medio “cronenbergiana” por la mente del adolescente protagonista, el clásico comienzo con imágenes en blanco y negro de viejos documentales con que arranca Milk puede desubicar un poco. Pero sigue siendo Van Sant esta vez al servicio de un cronología entre nostalgiosa y justiciera de Harvey Milk, famoso adalid de la batalla por la reinvindicación gay en los Estados Unidos. Al despuntar los 70, este típico cazador en las espesuras de la noche neoyorkina engancha un muchacho en las escaleras del subte y se pone de novio. Con Scott deciden buscar aire fresco y parten a San Francisco, que ya era desde mucho atrás un oasis relativo en el duro desierto de la represión policial y el desprecio generalizado. Allí, en el ghetto del ghetto, el barrio Castro, Milk siente nacer dentro de sí un impulso de lucha que deviene enseguida en pasión política. Inteligente y carismático, más seductor que camorrero, pone en juego una gran habilidad de movilización y mientras reúne en un solo haz a la odiada humillación homosexual para convertirla en ariete, surge también conciliador cuando los choques con las fuerzas del orden amenazan dar pie al peor y solapado enemigo, eso que se llamaba y se llama “la buena sociedad”. Se presenta para un cargo político como abanderado gay, pierde. Y vuelve a perder una y otra vez. Pero siempre se levanta para el siguiente round más fuerte, más sólido, con más seguidores. Por fin, la gran batalla da sus frutos y gana unos comicios clave para convertirse en concejal de San Francisco. Es la madre de todas las batallas porque su victoria se produce sobre la corriente que impulsaba echar de sus puestos a los docentes homosexuales. Pero como algunos de sus pares en la pelea contra la discriminación, pagará con su vida. El concejal derrotado, Dan White, no asimila esta caída, lo busca en su flamante despacho y hace añicos el festejo con cuatro tiros. Milk, siempre conectado con la realidad, había calculado este posible final y deja una conmovedora cinta grabada donde pasa su legado a todos los que chapotean en el lodo de la marginalidad, gays, negros, orientales, librepensadores.

El film de Gus Van Sant tiene un comienzo promisorio porque anuncia todos los dolores de la guerra desigual. Y se mece en un cierre conmovedor donde se muestra la impresionante procesión de antorchas con que los suyos le dan el último adiós. Pero en el medio de sus 128 minutos Milk muestra dos tropiezos: uno es su esquema perimido, esa biografía minuciosa que tiene la sangre de la verdad pero también los crujidos de un cine que ya fue; el otro escollo es más puntual y tiene que ver con debilidades de construcción, con saltos bruscos en el tiempo, con un devenir espasmódico. Claro que al mismo tiempo el inmenso Sean Penn se erige en muro de contención y en balanza compensatoria. De nuevo este actor sorprendente demuestra no ya su pericia profesional sino también su inteligencia y audacia para eludir la comodidad del “traje a medida” como dicen los actores cuando aluden a los recursos protectores. Penn hace de Harvey Milk una creación absoluta y perfecta, con un dibujo interior que tiene la exacta gestualidad que pueda contener ese diseño emotivo. Sin miedo, camina al borde del exceso sin caer nunca en él. Cualquier otro destinatario para el Oscar sería poco menos que un despojo.
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