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Eric Rohmer: un film para pensar el concepto de “making of” PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carolina Giudici   
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Dentro del ciclo dedicado a Eric Rohmer en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín, pudimos ver un film inédito en Argentina, La fábrica de Cuento de Verano. La película -que se vuelve a proyectar el 11 de febrero- propone un recorrido por los entretelones de un set de rodaje, con una vuelta de tuerca interesante que permite indagar en la utilidad de lo que conocemos como “making of”. 

Dos habituales colaboradores de Eric Rohmer, Jean-André Fieschi y Françoise Etchegarray, se dedicaron a registrar una serie de momentos aleatorios durante la filmación de Cuento de verano, película de 1996 que integra la serie titulada “Cuentos de la cuatro estaciones”. El film se presenta como un “making of”, pero lo cierto es que nunca acudimos al cine para ver este tipo de productos, sino para ver películas hechas y derechas. El making of (es decir, el informe sobre el “detrás de las cámaras” de un film) es un invento que pertenece a la televisión, al marketing, a los extras de un dvd. Lo mejor que podemos hacer es evitar estos productos, ya que además de romper el hechizo suelen dejar un efecto residual en la memoria que resquebraja el suspenso cuando uno se sienta frente a la película (en esto también tienen la culpa los trailers, cada día más delatores).

Claro que, dentro del ciclo Eric Rohmer en la Lugones, uno podía ambicionar algo más que un backstage común y corriente sobre Cuento de verano, tal vez un suculento documental sobre Rohmer en acción, para disfrutarlo a él en plenitud y escucharlo hablar sobre su técnica, su concepción estética, sus mañas, su trato con los actores y con el equipo en producción. Pues no. En efecto, se trata de un humilde making of, con aire casero, sin el timing de aquellos editados por Hollywood ni estrellas que se equivoquen a propósito para luego reírse histriónicamente de sus pifies.

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Rohmer tenía 76 años cuando rodó este film protagonizado por Melvil Poupad (quien, por su parte, hace un par de años brilló en la emotiva Le temps qui reste, de François Ozon). Aunque el director luce delgadísimo, largo y encorvado como un junco, con un rostro de inquietantes rasgos cadavéricos, durante la filmación el tipo está más contento que pibe con chiche nuevo. Corre por la playa si se le canta, baila en una disco rodeado de jóvenes, besa en el cuello a una actriz para indicarle a Poupad cómo debe manejarse en una escena erótica. Todo lo hace con elegancia, con amabilidad, sin estridencias ni fanfarronería. Pero la película apenas nos muestra una pizca del maestro en su salsa, ya que la mayor parte del metraje se detiene en los ensayos de los actores, las tomas y retomas de diferentes situaciones, las grabaciones desde distintos ángulos de cámara y el transcurrir de los tiempos muertos en el set. Al principio el rejunte resulta cansino, rutinario, sin mayor vuelo que el de un diario de rodaje con apuntes anodinos. Hasta que en un momento la textura del video cede el paso al fílmico para incluir una secuencia completa de la película original. Es entonces cuando algo se enciende, y uno por fin comprende por dónde venía el asunto.

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Lo que uno siente es que quiere quedarse a vivir en esa secuencia, la verdadera, esa que es lo suficientemente perfecta como para haber llegado a la edición final, la única digna de la firma de Rohmer, en donde los actores ya no son actores sino personajes que aman y sufren, porque están convencidos, porque están en el centro del plano y ninguna cámara intrusa los espía de costado. Tres o cuatro fragmentos del film original se intercalan a lo largo del making of y uno se engancha con esos bellos gajos aunque estén fuera de contexto, no importa si conocemos o no la historia que narra la película. Es eso que alguien alguna vez rotuló como “magia del cine”, esa especie de aura que refulge y escapa a toda descripción, detentando una sola certeza: esa epifanía es patrimonio del arte y no de la industria.

Embarcados en ese trance, lo único que deseamos es arrodillarnos junto al sabio Eric para que nos siga susurrando su precioso Cuento de verano. No queremos volver al detrás de escena. No queremos, no hace falta. El making of no tiene ningún sentido.

 

Debido a la buena convocatoria de público que tuvo durante enero, la sala Leopoldo Lugones reprogramó el ciclo completo de Eric Rohmer durante febrero. La fábrica de Cuento de verano vuelve a proyectarse el miércoles 11 de febrero de 2009, a las 14.30, 17, 19.30 y 22 horas (90’, en dvd).

 

 

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