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Slumdog millionaire, cuando importa el qué y no el cómo. PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Pablo De Vita   

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La película Slumdog millionaire ¿Quién quiere ser millonario? es la última realización de Danny Boyle, el director de la controvertida Trainspotting, conjuntamente con Loveleen Tandan. Cómo una Ciudad de Dios producida por el primer mundo, el film se detiene a mostrar el miserabilismo del tercero. Sin una crítica directa a las causas o factores desencadenantes de la explotación humana, la película mezcla la novela rosa con imágenes técnicamente perfectas, de alto impacto, pero éticamente cuestionables.  

Probablemente, en la noche de los Oscar, Slumdog millionaire obtenga ventaja sobre El curioso caso de Benjamin Button, su principal competidora, y se quede con el premio a la Mejor Película del año. Desde ya, eso no significa que sea un buen film sino que -simplemente- observa algunas constantes que seducen a los votantes de la Academia de Hollywood, entre ellas, que el film tenga ritmo. Eso al ser uno de Danny Boyle, que entregó hace una década la estrambótica Trainspotting, no entra en dudas. Tampoco la calidad técnica puesta al servicio de la filmación en las calles de Bombay, aunque la forma culmine en una estetización de la pobreza. Pero bueno, seguramente esa sea la única manera en que en Hollywood vean pobres.

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Quien vea Slumdog millionaire debe saber que la película no es una crítica al origen de la pobreza. Es más, seguramente sólo sea la crónica de alguien que salió de ese pozo de la forma menos plausible pero más conocida: a través de un programa de preguntas y respuestas. Con mucho de novela rosa tamizada por imágenes crudas, sería una buena película si observara, al menos por decoro, alguna pequeña reflexión acerca de las duras imágenes que contiene. Si Ciudad de Dios había sido criticada por su esteticismo cercano al video clip, Slumdog millonaire añade un fatal problema como es la producción y dirección de la película, que significan conceptualmente una nueva colonización.

Slumdog millionaire ¿Quién quiere ser millonario? Retrata la historia de Jamal, un chico que logró quedarse con el pozo máximo de un programa de preguntas y respuestas. Al ser de la calle, es interrogado porque para algunos no quedan dudas de que hizo trampa. Puede haber sido eso, que tuvo suerte, que es un genio o, mucho más metafísico e hindú, estaba escrito. El mundo, o la India mejor dicho aunque los directores no lo diferencien, se detiene a ver la gran final y cómo el chico responde su pasaporte al bienestar, algo que a los millones que lo siguen por TV nunca les tocará. Claro que en el tránsito de su vida, Jamal tiene un hermanito que termina siendo parte del crimen organizado y un amor, Latika, que pierde y reencuentra varias veces en su errático camino por villas miseria cargadas de violencia y marginalidad. Si usted no quiere conocer el final no lea lo que sigue, sino no se preocupe: happy end, con amor incluido, y todos bailaron felices (es más económico que comer perdices).

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No hay falsa moralina, pero tampoco inquietud moral. Slumdog millionaire transcurre como la visión descarnada de la sociedad de hoy, que consume hasta la estetización de la marginalidad sin importarle siquiera que, dicho procedimiento, sea la culminación conceptual de la explotación a la que son relegados los pobres de la vida cotidiana. Eso es el film de Danny Boyle. En su exótismo es cautivante, su técnica perfecta, y su ritmo cinematográfico preciso, pero esconde la dulcorización de aquello que se ve por la ventana, para seguir indiferente como en un folletin que reza "pobres hubo siempre".

 

 

 

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