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Es tan abrumador el marketing con que esta película ha sido lanzada, que a nadie puede sorprender que el gran Woody Allen sea en este caso el correcto y obediente ejecutor de una producción comercial perfecta. Un poco (o un mucho) a la manera de aquellos casi anónimos directores de estudio en el Hollywood de oro. |
Vicky (Rebeca Hall) y Cristina (Scarlett Johansson) son dos amigas norteamericanas que llegan a Barcelona para pasar el verano con un matrimonio –de nítida pertenencia a la alta burguesía catalana- que las ha invitado a su casa. Obvio, mansión superconfortable mirando hacia la playa en ese delicioso giro edilicio para ponerse de frente al mar que dio al comenzar los 90 la ciudad condal. Vicky, estudiosa de Cataluña y su cultura, está comprometida para un matrimonio casi inminente con un hombre joven de posición holgada y un futuro precolapso financiero. Cristina, de personalidad más complicada, es una mujer que está sola y espera. En una salida nocturna a comer, son abordadas muy a la española por Juan Antonio (Javier Bardem), pintor bohemio pero por lo que vemos sin apremios de billetera quien las invita a volar ya mismo a Oviedo para pasar el fin de semana y acostarse con las dos. Que sí (Cristina) que no (Vicky) agarran viaje –para eso son las vacaciones- y parten a tierras asturianas con el artista plástico de piloto en un avioncito bamboleante. Se salvan de una tormenta climática, pero no de la que se viene. Juan Antonio es un seductor temible que pronto esgrime esa mirada entre erótica y criminal que maneja muy bien Bardem. Como Vicky parece firme en su castidad, el lobo va rápido hacia la rubia. Pero hete aquí que un poco por el vino, otro poco por los mariscos y un poquito por los nervios, Cristina cae con un colapso estomacal. ¿Adivinaron? Sí, la que aceptó ese convite sin ganas y hasta con fastidio, rodará sobre el pasto de un parque con el voraz Juan Antonio. Pero cuidado, ha sido un toco y me voy, porque enseguida se arma la pareja frustrada entre éste y Cristina. Se van a vivir juntos mientras Vicky recibe a su novio de Estados Unidos para casarse…en Barcelona. ¿Un poco forzado? Puede ser, pero muy útil en términos de guión. Y ahí andan las dos parejas viéndose cada tanto, mientras las cámaras muestran Barcelona desde todos los costados, con mucho Gaudí y Miró para deleite del espectador medianamente culto. Pero la historia guarda una bomba: la salerosa Penélope Cruz. Es María Elena, ex esposa de Juan Antonio, preciosa pero emocionalmente muy inestable. Ante un intento de suicidio, termina viviendo con la pareja. Cristina lo entiende. Y tanto lo entiende, que las chicas terminan amándose (ojo, sólo un beso es lo que se muestra) envueltas en la luz roja de un laboratorio fotográfico. ¿Y Vicky? Sigue en Barcelona padeciendo a un marido que no le interesa y con muchas fantasías sexuales por Juan Antonio. El resto es un remate convencional, el folleto turístico ya fue generosamente exhibido y el morbo sólo prometido pero alcanza y sobra.

La película tiene toda la habilidad de Woody Allen para el entramado de las relaciones, pero a la vez una pobreza muy notoria en el subsuelo de esos vínculos. Como el libro apunta sin pudores a un cast hiperestelar donde el lucimiento esté repartido lo mejor posible pero con prioridad para el triángulo Bardem-Johansson-Cruz, son los estallidos de Penélope, la zozobra de Javier y la dubitativa complacencia de Scarlett los que acaparan el metraje. Hay menos para la excelente Rebecca Hall quien en su elaboración interior de Vicky es la que de a ratos rescata hilachas del realizador que tanto prestigio supo acumular y que aquí se hace desear. No ya evocando su época brillante de Manhattan, Annie Hall o Crímenes y pecados, sino en el mucho más cercano de Match Point o El sueño de Casandra. Está claro que el poder de la gran empresa catalana MediaPro cumplió su objetivo autonómico y que la publicitada relación lésbica de una morena y una rubia –reducida a un piquito fugaz- consiguió fabricar el éxito masivo: la recaudación está próxima ya a los noventa millones de dólares y en pleno ascenso. El juicio por plagio que al parecer acaba de iniciarle a la empresa el escritor español Alexis de Vilar por entender que el guión se nutre claramente en su novela inédita (pero filtrada por un amigo infiel) Goodbye Barcelona, tal vez agregue combustible al tanque. A Woody lo esperamos en la próxima.
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