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Se estrena en la Argentina la película alemana La suerte de Emma, con dirección de Sven Taddicken y un sorprendente protagónico a cargo de Jördis Triebel. Aunque correcta en su realización, la trama nunca consigue el verosímil necesario para captar la atención del espectador. |
Emma es una mujer abandonada a su suerte, al igual que la granja familiar que posee y donde cría cerdos a los que mata con inusual ternura. Sin la menor atención al cuidado personal, sus únicas visitas son un policía dominado por su madre y los arrendatarios que pronto rematarán su propiedad. Igualmente, Emma no es demasiado pacífica y recibe al bondadoso policía a punta de escopeta. Sólo su destarlatada motocicleta, que la lleva por vibrantes y estimulantes paseos por la campiña, le otorga un poco de diversión. Pero la constante en su vida es la casi absoluta soledad. En paralelo Max escapa a bordo de un jaguar luego de robarle a Hans, su jefe, la venta en negro de un automóvil. Pero Hans lo descubre y lo persigue, hasta que Max decide aumentar la velocidad, soltar el volante, y librarse a su suerte. Se estrella en una granja, que es la de Emma. Entonces la vida de Emma parece dar un vuelco y encontrar las sensaciones olvidadas de su vida. Max huele maravilloso, es apuesto y, para colmo, aterriza en su parque con un suculento botín. Pero nada es casual en semejante actitud, Max está gravemente enfermo de cáncer de páncreas y le quedan solamente dos semanas de vida. Ese será el tiempo que tendrá Emma para conocerlo, disfrutar con él emociones desconocidas y, por último, acompañarlo en su lecho de agonía. Pero algo habrá cambiando entre ellos dos para siempre.
No puede decirse que La suerte de Emma sea una película filmada sin pericia. El director Sven Taddicken es un profundo conocedor de los secretos del realizador cinematográfico y evidencia su virtuosismo en un impecable manejo de cámara y una ajustada composición de planos acompañada por una inteligente concepción de la fotografía. No olvida el trabajo con los actores, y permite entonces que Jürgen Vogel, como Max, y sobre todo Jördis Triebel como una deslumbrante Emma, realicen papeles de gran dramatismo ajustándose también a los pasos de comedia que La suerte de Emma ensaya. La película merece aplaudirse por lo arriesgado de su propuesta pero otra cosa es que salga indemne de tal experimento y en eso Sven Taddicken no aprobó con sobresaliente el examen. La suerte de Emma, si bien no padece los clisés en los que pudiera haber caído fácil y fatalmente, adolece por momentos de desequilibrios muy profundos en la narración que la alejan del verosímil cinematográfico al dejar evidenciadas tantas preguntas que el curso del relato no logra responder. Sin llegar al trazo grueso, pero tampoco resuelta en su totalidad, es la tradicional película para festivales e incluso triunfó en varios de ellos, pero no asegura ese éxito que su compromiso se traslade de igual manera al espectador. Con un estilo que se ha visto de a centenares, aunque no en la pantalla comercial y -muy probablemente- allí resida su novedad, en rigor nadie recordará haberla visto y la pobre Emma pasará al ostracismo sin mediar la gentil evocación de cualquier espectador agradecido. Para pasar un rato, para bien o para mal, atender a su humana calidez y continuar camino. A Sven Taddicken le falta mucho para afianzarse como un creador completo, aunque su desparpajo y conocimiento del oficio permitan intuir que podrá ser un nombre de importancia en el futuro.
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