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El sustituto: una digna Angelina Jolie para un Clint Eastwood dubitativo PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carolina Giudici   

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Clint Eastwood anunció hace unos meses que Gran Torino (film que se estrena en marzo), sería su última película como director. Por lo tanto, El sustituto (Changeling) viene a representar su penúltimo trabajo, en donde él no participa como actor pero cuenta con una intensa Angelina Jolie en el rol protagónico. La actriz recibió una nominación al Oscar por este papel. 

Sin recurrir a fórmulas habituales como “basado en” o “inspirado en” en hechos reales, El sustituto arranca con una leyenda aun más escueta y soberbia: “A true story” (una historia verdadera). Aunque uno sabe perfectamente que siempre existe un margen de recreación cuando se relata un suceso que ocurrió en el “mundo real” (por ponerle un nombre), en el film de Clint Eastwood el dato de que la historia es verídica tiene efectos muy extraños sobre la recepción. Se hace muy difícil creer muchas de las situaciones que narra la película, y no porque pensemos que esos hechos resulten más propios de la fantasía que de realidad, sino porque a veces a esa misma realidad se le antoja imponerse sobre cualquier verosímil con una extravagancia que excede a la comprensión del arte.

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Esto es lo que ocurre con el caso Christine Collins (Jolie), una habitante de Los Angeles que en el año 1928 sufrió el secuestro de su hijo Walter. Meses después de la desaparición, la policía de la ciudad anunció que lo había encontrado y entregó a Christine un chico que en verdad no era Walter. La mujer reclamó, pero las autoridades habían montado un simulacro para limpiar su imagen: en una época oscura signada por el reinado del crimen organizado, la policía necesitaba convencer a la opinión pública de que su trabajo era efectivo, demostrando el hallazgo pequeño Collins era producto de su esfuerzo. Y esto fue apenas el comienzo: todo lo que vino después fue todavía peor.

La odisea de esta madre conjuga una serie de eventos demasiado siniestros como para que el espectador le otorgue crédito plácidamente, a menos que el narrador acierte con total precisión en la forma elegida para presentarlos. Eastwood no cumple con el cometido. Específicamente, no consigue que las terroríficas derivaciones de la anécdota real se mantengan dentro de las vallas del lustroso realismo de qualité con el cual el director decidió trasladarla al cine. Lo curioso de Changeling es que el carácter extraordinario de la historia consigue atraer a pesar de los desajustes en la realización, a tal punto que la película parece disfrutarse más como una entretenida crónica periodística (morbo incluido) que como la cabal obra cinematográfica que uno espera viniendo de un autor de la talla de Eastwood.

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¿Cuál es el problema principal? La afectación. La sensación concreta de que continuamente algo se interpone entre del espectador y el hueso del drama, ya sea por culpa de la alambicada fotografía, o de las interpretaciones fuera de registro, o de las forzosas contorsiones de una puesta en escena dubitativa que ensaya diversos tonos dramáticos para dar con el indicado, sin éxito. Son muchos los temas de importancia que atraviesan el film, como la ambientación en plena crisis económica del ’30 en Estados Unidos, la lucha de una madre soltera en una sociedad machista, la corrupción policial, las vejaciones al género femenino, el poder de las instituciones disciplinarias y el dilema de la pena de muerte. Había tela para cortar en El sustituto, y de la buena. Pero Clint Eastwood optó por una impostación estilística que termina ahogando la espontaneidad, y así es como durante la proyección uno entra y sale todo el tiempo del universo narrado, sin poder confiar en cuánto hay de cierto y cuánto hay de sobreactuado en lo que la pantalla nos muestra.

 


  

 

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