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Las horas del verano, exquisita y madura reflexión de Oliver Assayas PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Pablo De Vita   

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Lucida, reposada, serena y reflexiva es la mirada del cineasta francés Oliver Assayas en Las horas del verano, donde analiza el paso del tiempo y cómo enfrentarse al futuro luego de un inevitable cambio de paradigmas.  

Una valiosa colección, y un legado, es la excusa para discernir lo trágico y cambiante de la modernidad. Una de las claves que une a Oliver Assayas con otros grandes nombres del cine universal es ese, preclaro y dificil, don de hacer lo íntimo universal. Pinceladas de genio que en en cualquier arte permite, a partir de la experiencia puntual y casi coyuntural, abordar los grandes enigmas que interrogan al hombre y que permanecen inmutables ante el paso del tiempo, lo etéreo de las modas o las corrientes de opinión. Recóndito privilegio que permite a los autores ir elaborando pautas para acercar la gran reflexión desde lo mínimo y corriente, y así lograr dotar a sus obras de una particularidad no menor: la poética.

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El especial caso de Assayas, un director tan prolífico como diverso en sus elecciones temáticas, hace que -a  priori- la búsqueda de elementos comunes para la construcción de su poética se difumine. Pero seguramente parte de su labor se encuentre signada por la ruptura de moldes establecidos y estructuras dramáticas que, película a película, desmonta con increible lucidez para entregar un producto nuevo, casi siempre deslumbrante y normalmente sorprendente. Del hábil manejo del tiempo ha hecho Assayas una de las particularidades de su cine y otra es la de otorgar a sus peliculas un indudable anclaje en la cotidianeidad, que refuerzan su percepción del "aquí y ahora", necesario ante el manejo de materiales tan disímiles que, empero, descompone en comunes percepciones temporales y cinematográficas. Esa articulación de "pasado-presente" le permiten al director la exploración de universos tan inconexos como pueden ser los de Irma Vep, Los destinos sentimentales y Clean, por sólo citar algunos, añandiendo la tensión entre la fragmentación de la mirada y la degradación de la sensibilidad y las costumbres. Las horas del verano es, probablemente, su obra más reposada e incluso, a primera vista, puede parecer una narración demasiado clásica y poco efectiva. Con el correr del metraje se van develando las profundas intenciones del realizador al plantear un esquema tan simple: el de la familia que se reúne en el viejo caserón que, por décadas, ha pertenecido al clan y que hereda un frondoso pasado expresado en muebles, cuadros y también recuerdos. En uno de esos repetidos almuerzos de verano, la madre comenta que irá con una colección de pinturas a los Estados Unidos y también comparte, con sus hijos, un libro que devuelve una imagen olvidada. No de las pinturas sino una instantánea, en esa misma mesa, tomada varias décadas atrás. La mesa conserva su exacto lugar aunque la terturlia haya cambiado de rostros. También conserva una relación de añoranzas por un célebre pintor (del que también fue amante), y cuya casa atesora el vaho de aquellos cálidos días. Con sus paredes descascaradas,  su jardín impreciso y sus muebles cubiertos de una pátina de olvido, la vieja residencia pareciera un mauselo e incluso un lugar de paso, reafirmando el sentido ancestral del legado de la memoria. Así ha sido durante décadas, hasta que la madre muere. A su fallecimiento, tan anunciado que parece repentino, sus hijos afrontan la pérdida con desconcierto y sin saber muy bien que hacer con tan invalorable patrimonio: esculturas únicas, muebles de colección, una casa gigantesca en las afueras de París y un impresionante, e inabarcable, número de pinturas, algunas incluso célebres, como dos Corot. La intención de Frédéric (Charles Berling), es sostener la promesa dada a la madre, mantener la casa, conservar los cuadros, no separar unos cuadernos que deben permanecer juntos y, sobre todo, acompañar ese tránsito que significa un anclaje al pasado y a la tradición familiar. Es el único capaz de sostener ese juramento, su hermana Adrienne (Juliette Binoche) ha encontrado el éxito en Nueva York y su hermano Jérémie (Jéremie Renier) tiene un futuro inmediato en Pekin, con lo cual nunca podrán ocuparse de la casa, y sus tesoros como debieran.

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Entonces sobrevienen las inevitables asperezas y una solución, de la mano de una pregunta: "¿Vendemos la casa?", así toda su historia y su contenido deberán suplir las necesidades inmediatas de los hermanos, las imposibilidades que genera la distancia y, sobre todo, cierto y necesario afán por escribir la historia familiar desde cero. El cónclave deja de construirse como herencia histórica y se ascribe al núcleo cerrado de necesidad funcional. La familia no serán los recuerdos, los parientes -cercanos y lejanos-, o los ritos. Sólo el padre de familia, la mujer y sus hijos son mudos testimonios de su existencia. No existe un antes, pero Assayas también interroga al espectador si existirá, dentro de ese planteo, un después. Cuando los objetos cotidianos se transformen en piezas de Museo deteniendo su rito para siempre y siendo sólo conceptualizadas por su valor patrimonial. Otro tanto ocurrirá con la casa, como espacio ausente, carente de memoria. ¿Existe salvaguarda? Sólo en los pequeños actos. Por eso, ante la desesperada carrera de los hijos se opone la serena lucidez de la ama de llaves, que los vió crecer y cuidó de esos objetos sin importarles su valor de mercado. Así elige un jarrón al que llenó siempre de flores, ignorando que es parte de una importante colección; y de la casona que la hospedó por décadas culmina viviendo en un departamento de monoblocks del suburbio, sola, e intentando no ser un estorbo para su sobrino, pobre y taxista, pero sin tiempo como aquél profesional que -en apariencia- todo lo tiene.

Ante la voracidad de la sociedad contemporánea, Oliver Assayas responde la pregunta en la actitud de los más jóvenes, los adolescentes quienes se saben en el instante permanente pero intuyen, aún con desconocimiento pleno, que algo importante existía en aquél pasado esfumado. Quizás la sencilla posibilidad de mirar, más plenamente y sin miedo, al futuro. El director no oculta su anhelo de esperanza (siempre se puede saltar el muro). No hace falta señalar que Las horas del verano es una gran obra en formato chico. Simple y aleccionadora.

 


 

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