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Es probable que como suele suceder, el peso de la obra previa de un director consagrado condicione su último trabajo. También en este caso es factible que la vulnerabilidad del blanco elegido y el enorme desprecio global que acompaña su adiós del poder, nos instalen en la platea con un cuchillo en cada mano. Aquí Oliver Stone hace lo propio con W., que ya sabemos quien es. |
Lo cierto es que tal vez mucho público entre a la sala como un gurka y salga como un tibetano. Oliver Stone resulta parcialmente reconocible en esta esperada biografía de George W. Bush que se convierte en la tercera de presidentes estadounidenses que asume el realizador, puesto que ya se ocupó de Kennedy y de Nixon. Sin duda, su obra perdurable en este terreno es JFK porque constituye en sí misma una gran película, donde Kennedy con la verdadera tragedia americana que su vida y familia esculpieron, es el gatillo pero no la esencia creativa. Aquí en W. juegan factores ineludibles para impedir ascender a la misma altura. Uno sin duda es la proximidad, ningún cineasta puede trabajar profundidades, sarcasmos y alegorías sobre el poder cuando de quién se está hablando todavía es presidente: este hecho inclina el ángulo de mira casi hacia el documental liso y llano. Otro es la diferencia de perfiles, de un demócrata casi revolucionario contra segmentos del establishement que pagó esa valentía con un atentado mortal (Dallas es siempre una película) a un cowboy texano ex alcohólico, un poco atolondrado, que llegó al poder a upa del poderoso loby que maneja su padre. No es lo mismo. Bush –fobias al márgen- no puede generar un film con grandeza porque él mismo carece de ella. Quizás por eso W. le baja bastante el nivel a un creador como Oliver Stone, quien aunque no desdeñe de a ratos los efectos ni los golpes bajos sabe narrar con recursos nobles.

La película oscila cronológicamente entre la juventud muy poco esperanzadora de George W. con la consiguiente desazón de su padre siempre firme en el timón, siempre con vocación profunda de dinastía, y las dos etapas del ascenso sorpresivo de la oveja negra primero a gobernador de Texas, luego a presidente. En ambos tiempos la presencia de George padre es constante y ominosa (acaso en un Stone pretérito podría haber mostrado retazos de tragedia griega) rápida para el reproche decepcionado, lenta para reconocer los triunfos. Así, W. va consolidando en el film una personalidad más bien endeble que busca con ímpetu compensar mediante la terquedad autoritaria. El mandatario de esta ficción parece un ex borrachín siempre adolescente que ya en las reuniones de ministros ve como la severa figura paterna se funde con las de quienes ejercen mayor presión sobre sus dudas, la secretaria de Estado Condoleeza Rice y el vice Dick Cheney, también el secretario de defensa Donald Rumsfeld. Los tres grandes resortes que lo impulsan a la guerra de Irak. Obvio, la codicia por el petróleo, verdadero objetivo de la invasión, se muestra nítida en la oratoria de Cheney frente a un mapamundi, mientras el militar Dick Powell disuelve con cobardía su oposición inicial en un quieto acatamiento. El presidente tartamudea, vacila y hasta comete errores verbales abiertamente cómicos. El fantasma de papá también habita los pavores nocturnos de W. en una pesadilla donde ambos discuten en un polvoriento salón oval.

La película, si bien lejos de ese estilo brillante que Stone lució en ocasiones, no cansa ni abruma. ¿Decepciona? Un poco, queda dicho. Es como si faltara esa solidez de la escritura cinematográfica de calidad, esas entrelíneas y atmósferas que otorgan categoría a un tema tan propenso al noticiero televisivo. Los intérpretes ayudan mucho al director con buenas aproximaciones a los modelos. Josh Brolin es un Bush de notable parecido (con la nariz ganchuda sería un clon, Stone no se la puso) y además se metió con inteligencia en las conductas más identificatorias, sin duda un muy buen trabajo. El siempre eficaz Richard Dreyfuss compone a Cheney con una semejanza tal que impresiona, lo mismo que Thandy Newton a Condoleeza Rice. Menos cercano en el calco resulta James Cromwell como George padre ya que aparece siempre viejo, inclusive tres décadas atrás. Sibilino como un reptil es el asesor Karl Robe que interpreta Toby Jones (el segundo Capote). Oliver Stone asesta de este modo su golpe en tiempo y forma –lo quería para las elecciones que ganó Obama- pero la salió un retrato un poco previsible y cándido del lobo feroz.
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