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La duda: una puesta demasiado llana para un conflicto ambiguo PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carolina Giudici   

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El film está basado en una obra de teatro escrita por John Patrick Shanley y es el propio Shanley quien decidió llevarla a la pantalla grande, a pesar de que su única experiencia como realizador data de 1990, cuando dirigió Joe contra el Volcán. Si existe un hecho irrefutable aquí es que tanto la idea original como la película surgieron de una única mente, la de un autor que sabía qué era lo que buscaba transmitir cuando abrió el juego de su historia para el público masivo. 

Si abordamos La duda (Doubt) teniendo una mínima noción del argumento (un cura acusado de pedofilia), creemos que la víctima será ese muchachito que el film muestra en la primera secuencia. Un niño blanco de familia bien, que amanece dentro de un típico hogar pequeñoburgués, con la madre que lo apura para que se levante de la cama, aunque esta vez el madrugón no es para ir al colegio, sino a misa. Aquí hay una primera treta del guión, que no está mal si se la entiende como un guiño desafiante a la percepción del espectador, pues resulta que no será ese chico el protagonista del conflicto, sino su compañero Donald Miller (Joseph Foster), que también es monaguillo y además es el primer estudiante negro aceptado dentro de la escuela religiosa St. Nicholas (la ficción transcurre en 1964, en el barrio del Bronx). Quizás sea una advertencia: hay que correr el eje de atención, quebrar las estructuras del prejuicio, porque la verdad no pasa solo por aquello que está a la vista (si es que existe una verdad).

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Luego de esa primera trampa inteligente, todo lo que sigue en la realización es llano, acartonado, perezoso. Aquello que desde lo dramático aspira a la ambigüedad, la puesta en escena lo torna unívoco al abusar de simbolismos de manual y encuadres subrayados (hay recursos técnicos un tanto anacrónicos y reiterativos, como inclinar el plano para ilustrar que el personaje está perturbado). La duda está: jamás sabremos si efectivamente el padre Flynn (Phillip Seymour Hoffman) abusó del alumno, no importa cuán convencida esté la severa hermana Aloysius (Meryl Streep) de la culpabilidad del sacerdote. Pero en lugar de aprovechar los matices de esa incertidumbre primordial, el film se distrae con los brochazos: la crispación gesticular de Streep, las sospechosas uñas largas de Hoffman, la exasperante candidez de la monja más joven (Amy Adams), personaje que enciende la llama de la acusación.

Cuando en la mitad del relato aparece la madre del pequeño Donald (Viola Davis), con un ruego inquietante y totalmente inesperado, el director sugiere que lo mejor de esta historia está en ese fuera de campo que la película decide no transitar, ese espacio inextricable del actuar humano en donde la necesidad y la angustia se interponen a la pulcra Ley Moral. Lástima que la osadía que hierve en ese diálogo entre Streep y Davis no se prolongue ni a uno solo de los otros fotogramas de La duda.

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“¿Qué hacemos cuando no estamos seguros?”, se pregunta el padre Flynn en un sermón que resume el dilema central de la película. También se habla de la modernización de la Iglesia, la represión (disciplinaria, sexual), la diferencia entre varones y mujeres dentro de la jerarquía eclesiástica, la discriminación, la homosexualidad, la opresión familiar; el guión se detiene sobre algunos tópicos, y a otros apenas los roza de costado. Pero todo esto flota en el aire de la impalpabilidad, ya que parecería que una obra que versa sobre la imposibilidad de la verdad, no necesitara ser respaldada por un punto de vista certero (¿qué es lo que piensa el autor del mundo que retrata?). Es como si todo quedara librado a la abstracción de la fe, el alma y la conciencia, ese poderoso limbo frente al cual el sujeto -supuestamente- se descubre inerme, ya que la realidad es demasiado compleja como para establecer parámetros de juicios y conductas. Estamos de acuerdo en que la realidad es intrincada; el problema aquí es que John Patrick Shanley confunde complejidad con relativismo extremo. Y no se hace cargo de nada.

 

 


 

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