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Australia, en la lente de Baz Luhrmann es un curioso homenaje a las películas que fueron el apogeo de Hollywood en los años '50. Nicole Kidman y Hugh Jackman estelarizan una trama que también incluye a David Gulpilil. Pero al notable actor y cantante australiano es mejor verlo en El Rastro (todavía en cartel), y todo lo demás no deja de ser una estrambótica experiencia. |
Considerando la premiada Moulin Rouge!, film que lo acercó al público masivo, se sabe que el director Baz Luhrmann es amigo del exceso. En aquella tan interesante como sobrevalorada película, el derroche de ingenio, luz y color servían de marco preciso para el mundo que rodeaba a la sensual cortesana Satine, una bellísima Nicole Kidman, como protagonista central del famoso club nocturno parisino. Un coreográfico musical que evocaba el universo pictórico de Henri de Toulouse-Lautrec con sorprendentes tableaux vivants. Ahora la actriz australiana, menos hermosa pero igual de dúctil, vuelve a trabajar con Baz Luhrmann, y la acción se traslada a una desértica y próspera Australia de finales de la década del 40; en el papel de una aristócrata inglesa que viaja a la antigua colonia para reencontrarse con su marido ante la sospecha de adulterio. Al llegar a Faraway Downs, la derruida estancia familiar, la tragedia la involucrará con un pequeño mestizo llamado Nulah y con un hostil vaquero, encarnado por Hugh Jackman, renuente a aceptar su presencia. Vicisitudes y amenazas los desafiarán al conducir centenares de cabezas de ganado hasta Darwin, única posibilidad de salvar el negocio y donde sufrirán las imprevistas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

Este apretado racconto no omite dos retos fundamentales que enfrenta el espectador ante Australia. En primer término, la duración de la película: dos horas con cuarenta y cinco minutos. En segunda instancia, pero derivada de la primera, la infinita cantidad de subtramas que, en muchos casos, explicitan situaciones que hubiesen podido sugerirse en salvaguarda de la historia central. Para colmo, cada nudo argumental encuentra (a veces de manera innecesaria) su resolución dentro de la película, convirtiéndola en episódica y con tantos falsos finales que termina generando impaciencia y agotamiento. La falta de coherencia estética ante lo oscilante de la propuesta narrativa y, sobre todo, el poco cuidado con que se resuelven diversas escenas hace intuir un film terminado con gran celeridad, pero sin la revisión necesaria de los grandes compaginadores que en Hollywood son numerosos.

Australia intenta ser tributaria de las películas de género que poblaron el universo hollywoodense de los años cincuenta –La reina africana, Mogambo– o incluso más recientes, como la efectiva África mía. Trasladando la acción a un paisaje que aún se demuestra exótico, el melodrama, la aventura, la fantasía y cierta dosis de cine testimonial “políticamente correcto” se dan cita en la realización que pretende homenajear a la patria del director y de muchos de los intérpretes. Es una muy buena intención, pero de buenas intenciones el mundo está lleno, incluso en Australia.
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