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El baño del Papa: excelente idea envuelta en seducción uruguaya PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Rómulo Berruti   

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El cine tiene casilleros para todo, desde la comedieta vulgar hasta la indagación ontológica. Y uno de ellos es la pintura constumbrista que moja su pincel en la condición humana, en el entorno social, en esos detalles que sólo el ojo del cine valoriza al ponerlos bajo la platina de su microscopio. 

 

El baño del Papa, film uruguayo dirigido por Enrique Fernández y el prestigioso iluminador internacional César Charlone, convierte en cine una “historia mínima” que tiene lugar en 1988 en el pueblo de Melo, fronterizo con Brasil, cuando se anuncia el paso por allí de Juan Pablo II en uno de sus tan amados periplos por todo el mundo. Los realizadores encontraron para su fábula uno de esos gatillos certeros que aseguran la perfección del disparo: la devoción cristiana de la gente común exaltada por la visita y la súbita codicia de esa misma gente que quiere aprovechar como sea el alud –más que previsible, inexorable- de visitantes. Casi como en un sincretismo religioso-pagano todos los habitantes de Melo se lanzan a comprar mercadería que suponen fácil de vender, desde toneladas de chorizos (inclusive adquiriendo la máquina para que sean bien “fatto in casa”) hasta confituras de todo tipo, imágenes, artesanías, la lista es interminable. Pero Beto, un contrabandista muy menor que cada día intenta pasar en bicicleta por la frontera productos brasileños que coloca en un almacén, concibe la idea superadora, la manzana de Newton, casi la lengua de fuego del Espíritu Santo: hacer un baño para uso de esa multitud. Un baño. No poca cosa, teniendo en cuenta que su vivienda precaria carece de él. El retrete con su infamante agujero y las cuatro paredes de material son cosa fácil. Pero hay que contrabandear el inodoro. Y allá se lanza Beto casi como un cruzado para buscar el sanitario. Y luego, mientras toda la zona es un  hervidero de cánticos, gritos, bramidos de locutores e imágenes del papamóvil que se acerca a destino, regresará contra reloj con su tesoro mal asegurado a la bicicleta, pedaleando hasta el borde del infarto porque hay que tener el baño en pie para cuando por fin, Su Santidad pise Melo.

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    Inevitable el regreso a la memoria de aquellas joyas del neorrealismo italiano que dejaron para gloria del cine De Sica y Zavattini, porque algunas hebras de su ternura se cuelan aquí. Los realizadores uruguayos tienen el mérito de otros colegas y compatriotas suyos como Rebella-Stoll, los de la inefable Whisky: no proponerse un costumbrismo para la pantalla, no burilar un ejercicio de estilo ni poner un género nítido en el centro del blanco. Más bien zambullirse en la historia sin vacilaciones aunque no caigan como Esther Williams y salpiquen para cualquier lado. Las lecturas de contenido social que el sobreimpreso miseria-religión propician son posibles y legítimas, pero no convierten a El baño del Papa en una película política y menos aún en una denuncia encubierta. Es un cromo localista de gente sufrida que sobrevive duramente a la cual de pronto convulsiona un sueño colectivo. Perderán porque son en esencia perdedores, pero con esa mueca entre divertida y amarga con el toque de absurdo que consagró la novelística de Osvaldo Soriano. Y es también la consagración de un actor nato, el cautivante César Troncoso, quien dejará con decepción el inodoro inútil pero cargará en cambio en su bicicleta todo el peso de este relato cálido, distinto y entrañable.

 

 
 

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