|
|
|
Después de proyectarse cinco años atrás, en el V Bafici, llega a la cartelera porteña: El rastro de Rolf de Heer. Lorena Cancela, especialista en cine australiano, acerca a El Cine Web Site las claves de esta película sorprendente. |
Antes de referirnos a El rastro, es pertinente definir de dónde viene su título: El rastreador, tracker en inglés, es una figura muy importante dentro de la Historia australiana; era quien guiaba por el desierto a los británicos en busca de sus hermanos, otros aborígenes. De esta manera su estatuto es ambiguo: Por un lado era funcional a intereses ajenos a su comunidad, pero por el otro tenía potencialmente la posibilidad de confundir a los blancos y llevarlos a lugares de donde nunca pudieran regresar. El desierto es también una figura social y retórica cardinal no solo dentro del cine, sino de Australia como país. Recordemos que éste está rodeado por mar y sus ciudades se erigen casi con exclusividad sobre sus costas, como dándole la espalda al desierto, al que incluso se lo nombra outback: afuera y atrás. La denominación es sintomática: La tierra sin agua es el lugar de los aborígenes. En Australia. Biografía de una nación, Phillip Knightley lo explica así: “El deseo australiano por el progreso, la igualdad, por una mejor vida para todos, no se extendió a un grupo muy importante, al de los habitantes originarios de Australia: los aborígenes.” El autor estima que en las guerras y masacres de los S.XIX y principios del XX más de 50 000 aborígenes murieron, y si la cifra no puede ser del todo calculada, podría duplicarse, es porque hasta 1967 éstos no eran censados pues no sabían como nombrarlos. El rastro de Rolf de Heer – nacido en Holanda, criado en Australia- trabaja entonces con dos elementos fundantes dentro de la cultura del país que supo ser colonia penal: el rastreador y el desierto. Pero su estética está exenta de cualquier convencionalísimo y/o concesión a formas narrativas dominantes, y por supuesto ideológicas.

El rastreador
El rastro (traducción más cercana a una mega producción de Hollywood que a la película que nos ocupa) cuenta de un Rastreador que debe guiar a un grupo de británicos por el desierto en busca de un aborigen, un aparente violador y asesino. Sin embargo, no es solamente esa trama la que va a tener desarrollo en la película, sino las relaciones que surgen entre los personajes en medio de ese espacio hostil intercaladas por pinturas y canciones que simbolizan la violencia: latente y explícita. Rolf de Heer - un especialista en la materia que continuó explorando el asunto en su más reciente 10 canoas (2006) – acierta al representar un tema escabroso sin utilizar parámetros comerciales, y quebrando las leyes de lo que un film de época “debe ser”. Pues a diferencia de Cerca de la libertad (Phillip Noyce, 2002) del mismo año y estrenada oportunamente en la Argentina, aquí no se busca informar al espectador con diálogos explicativos sobre qué es lo que está pasando. Tampoco se representa una huida y la persecución por el desierto de manera espectacular. No hay héroes y los personajes son arquetipos: el Rastreador, el Fanático, el Veterano, etc.. La metodología es brechtiana: Se utilizan efectos de distanciamiento (las pinturas, los roles y las canciones), el pasado (los ’20 para ser exactos), pero para hablar del hoy. Enriqueciendo a la película porque la situación de dominación cobra tintes universales. Con respecto a los actores mención aparte merece el protagónico del cantautor David Gulpilil, quien próximamente también podrá verse en la promocionada Australia. Su mirada enjuta y su rostro, registrados lejos de la mirada for export o exótica, aportan al film documentalidad.
 El desierto
“Debo decir, a pesar de que suene medio cliché, que los filmes australianos van siempre al desierto en busca de una experiencia que cambie la vida para después volver.” (Sue Brooks, directora de Encuentro de amor)
En el documental The Ister (2004 David Barison y Daniel Ross), el director alemán Hans-Jung Syberberg afirma que el río no es más poético, no es ya una inspiración como lo era en el romanticismo. Pero en el cine australiano el desierto sí es una figura retórica, aún cuando sea representado de variadas e incluso contrapuestas maneras: como telón de fondo de un romance transnacional en Encuentro de amor (2003), tal escondite en la inquietante Bésame o mátame (1997) de Bill Bennett, apelando a la grandilocuencia de la técnica en Cerca de la libertad, o en tanto un espacio no apto para blancos en la maravillosa One night The Moon (2001) de Rachel Perkins. En El rastro el desierto es el entorno durante toda la película, pero el cineasta no lo fotografía como si fuera una postal turística. Es más, a lo largo de la proyección y por acumulación, el desierto va como despojándose de sus características geográficas para transformarse en el escenario de esa fabula, y una metáfora: de la resistencia y contra el olvido. Es que el sentido de la película va surgiendo de la interacción y la tensión entre los personajes en medio del lugar inhóspito, y las imágenes estáticas. El sentido surge de la espera y el tiempo muerto que se llena de Historia. Así, Rolf De Heer toma un elemento de la cultura australiana que podría ser cliché o mero objeto de exportación (piénsese sino en los folletos turísticos que promocionan el “outback”), pero lo resignifica de tal manera que El rastro se transforma en una película ineludible, si de aprender un poco más sobre la otra Australia y su cine (oculto) se trata.
Fragmento de El Rastro, de Rolf de Heer
|