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El niño con el pijama de rayas: la explotación comercial del Holocausto PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carolina Giudici   

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Dirigida por el británico Mark Herman (Tocando el viento), El niño con el pijama de rayas narra la historia de Bruno (Asa Butterfield) un pequeño de 8 años cuyo padre (David Thewlis) es un oficial nazi a quien acaban de ascender. Dado que la nueva responsabilidad del militar es regentear un campo de concentración, toda la familia (incluyendo a la madre interpretada por Vera Farmiga, y a la hermana que encarna Amber Beattie) debe trasladarse de Berlín a una casona que está ubicada cerca del horror. 

Por supuesto, el muchachito ignora que a pocos metros de la mansión, del otro lado del bosque, los amigos de su papá se dedican a exterminar judíos. Él cree que ese lugar es simplemente una “granja”. Como tiene espíritu de explorador, Bruno un día llega hasta la cerca delimitada por el alambre de púas y así conoce al dulce Shmuel (Jack Scanlon), un chico de su edad que está prisionero en el campo. La amistad crece entre ellos sin que nadie lo perciba.

Es una película muy fácil de demoler si apelamos a dos argumentos que la crítica suele emplear como comodines. El primer argumento llevaría a impugnar al film por utilizar la mirada pura de un niño como cuerda infalible para provocar indignación y lágrimas automáticas. El segundo paso sería rechazarla por sus abundantes golpes bajos, porque aunque la anécdota es trágica en sí misma, esta trama está particularmente recargada de situaciones abyectas.

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Estas explicaciones son legítimas y totalmente aplicables al film en cuestión, pero no son suficientes. ¿Quién establece el límite para definir aquello que no debería mostrarse? Si la intención del autor es contar cómo un niño pierde la inocencia presenciando una vileza tras otra, ¿por qué habría que censurarlo? Por otro lado, la idea de “golpe bajo” también es muy relativa y depende de cómo se juegue ese elemento en el contexto del relato. Si el marco de la ficción es la Segunda Guerra Mundial, ¿acaso pueden distinguirse diferentes "niveles de bajeza" en medio de tamaña devastación? Recordemos Alemania, año cero, por ejemplo, que ilustra las consecuencias de la guerra desde el punto de vista de un niño. Roberto Rossellini no nos ahorró tragos amargos y, aun así, el film es una obra maestra.

Lo que intentamos decir es que hay que tener cuidado a la hora del dictamen apresurado: por enarbolar supuestos principios éticos -principios que son muy cambiantes de un film a otro, por cierto-, la crítica muchas veces se arroga el derecho de pautar qué es digno de contarse y qué no. No debería haber temas prohibidos para el arte. Si el abordaje estético está a la altura de las circunstancias, todo hecho se puede tocar. Lo importante sigue siendo el cómo. Y el problema con El niño con el pijama de rayas es que falla en el trabajo con la forma: es una película grosera, de principio a fin.

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La historia está basada en el best-seller “The boy with the striped pyjamas”, escrito por el irlandés John Boyne (libro que algunos medios describen como “novela juvenil”). En la película, la angustia es constante. Cada nueva situación es aún más siniestra que la anterior y el relato las enlaza con una brutalidad descarada, asfixiante, sin ningún sentido del tacto. Hay continuos subrayados en la puesta en escena, hay personajes que bordean lo caricaturesco, hay un dispositivo aleccionador demasiado pueril como para creer en la autenticidad del film. Más allá de la violencia inevitable de la trama (eso no está en cuestión aquí), lo deplorable es que las estrategias lastimosas sean tan burdas, tan evidentes en su vocación manipuladora.

Pero cuando uno piensa que ya lo ha visto todo, descubre que la imaginación todavía puede más. Y entonces llega ese desenlace desgarrador, narrado en una secuencia de suspenso con montaje paralelo, cámara lenta, lluvia, corridas y llantos épicos. Otra vez el Rey Marketing pisotea sin pudor la complejidad de la Historia. De ser la tragedia más inextricable del siglo XX, en el último tiempo el Holocausto ha pasado a servir como decorado frecuente para la explotación cinematográfica. 

 

 

 

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