Realizada el año pasado, 1973, un grito del corazón es otra mirada retrospectiva sobre la historia del peronismo aunque extendiendo el alcance del movimiento a los profundos abismos sociales que le dieron orígen. En especial, cuando luego del golpe militar del 30 la esperanza popular previa que había significado Hipólito Yrigoyen quedó dramáticamente sepultada.
Con inevitable desobediencia cronológica y saludable desprolijidad emocional –quien omita este elemento, el emocional, en el análisis del peronismo y Montoneros quedará siempre fuera de foco- el film recupera momentos aislados pero decisivos en el tejido de la trama. Los bombardeos del 16 de junio, un ataque directo al pueblo peronista que accionó el gatillo del golpe institucional perpetrado exactamente tres meses después, la quema de las iglesias en una noche terrible que fue la secuela inmediata del crímen que llovió del cielo y la voz de un Perón acorralado rugiendo escarmientos que no pudo ni supo instrumentar; la forja de una juventud que tomó en su manos el castigo a los fusilamientos de la Revolución Libertadora en el 56 y que contó con un apoyo explícito y duradero del general; la larga vigilia de la proscripción en los sesenta y por último, el ya famoso 25 de mayo del 73 donde con Cámpora al gobierno, Perón al poder como consigna se abrieron las cárceles de donde salieron presos políticos y también comunes en un estallido que a su vez saltó por encima de varias imprescindibles cautelas judiciales. Estas escenas, muy potentes, más los testimonios de varios protagonistas fundamentales, tienden a dejar en desventaja los aportes de ficción que la directora sintió necesarios para poner lo que el documental sólo proporciona como conjetura: reuniones de estudiantes y trabajadores ya embarcados con fervor en “la tendencia”, la entretela de la lucha y sobre todo la fuga del penal de Rawson que luego culminaría en la masacre calculada de Trelew. Estos agregados “de estudio” y virados a color no estorban en el devenir de los eventos históricos pero tienen fragilidades interpretativas que debilitan el todo. Se da así el caso curioso de que el relato minucioso de un protagonista adquiere más fuerza y emoción que el armado fílmico de la fuga, aunque como en este caso tenga digna resolución cinematográfica.

Liliana Mazure, actual presidente del INCAA, dirigiendo 1973, un grito de corazón
Liliana Mazure presenta de este modo su segundo documental –el anterior fue Van Van, empezó la fiesta del 2000- pero incorporando reconstrucciones ficcionales que acompañan y secundan las imágenes reales que van dibujando con mucha nitidez y convicción los hechos claves que dieron lugar a Montoneros. 1973, Un grito de corazón no incorpora novedades de archivo porque los predecesores de Mazure debieron recurrir a las mismas existencias en la materia, pero recicla con mucha sinceridad la cadena de acontecimientos que anticiparon primero y edificaron después eso que se ha dado en simplificar como “los setenta”. Y debe ser evaluada, sí o sí, como el apasionado desmadejo de la memoria de una militante.
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